REVISTA N° 27


RESUMEN DE ESTE NÚMERO:
* VARIETÉ / efemérides locas y algo más.
* por Claudia Baier / “¿Hippie se nace o se hace?”/ No sé como pasó.
* por Viviana Sgavetti /“Animalitos de Dios”/ Sobre cuevas malolientes.
* por Mónica Gervasoni / “Ella o Yo” / Aires de princesa.
*por Lidia Poggio / “Soy una vieja adicta a la cama” /No molesten.
* por Alejandro «El mínimo» / “Recuerdos de provincia o educando al soberano” /Infancia, divino tesoro.
* por Mariano Cognigni / “Toda gota moja” / ¡Viva la revolución!.
*LEAN, NO SEAN BESTIAS / Nuestro amado e inamovible rincón literario.
*ARCHIVOS WARGON / “Como salvajes” ¡Quién pudiera!
EDITORIAL 27
¡VOLVIERON LOS INGALLS!
Y vale dar el alerta a las nuevas generaciones porque, si bien duraron casi una década, abandonaron la pantalla allá por los ochenta. Ahora, quizás por la tentación del éxito o la falta de ideas originales, han hecho una segunda parte y allí vienen con su carreta y todas sus deplorables virtudes.
Los actores han cambiado. Supongo que los originales estarían tan viejos como nosotros, aunque algunos ya no están para ver cómo envejecimos. Michael Landon, el inolvidable señor Ingalls, murió hace años. Pero tampoco nos hagamos los cancheros: ninguno podría encarar la doma de caballos salvajes o la construcción de una cabaña a puro serrucho y fuerza. En verdad nunca pudimos y ese fue el truco.
Mientras peleábamos con taxis malhumorados y colectivos repletos, envueltos en smog, allá en la transparente pradera, con un solo silbido aparecía un caballo lustroso, alegre y relinchando, listo para ser montado. Casi un Silver de El Llanero Solitario, aunque no exactamente: hasta los caballos de la televisión tenían más marketing que nuestros medios de transporte.
Anótese la primera y casi inocente mentira. Los caballos dan mucho más trabajo que un ómnibus. Lo sé.
Ahora sumemos a las niñas. Las dos que quedaron grabadas en nuestra memoria: la menorcita Laura y su hermana Mary. La familia Ingalls siempre tuvo una tercera pequeña en la historia, aunque quizás esta remake viene a ponerla nuevamente en primer plano.
Un arquetipo de algo que nunca existió, lejos de las adolescentes nuestras: rebeldes, tatuadas hasta debajo de las uñas, que manejan una jerga infernal, pegadas a la pantalla y siempre a los tirones con el colegio.
Estas dos niñas de la pradera obedecen a su madre, honran a su padre, ahorran centavitos para poder comprarse unas cintitas, usan trencitas. Se visten con prolijidad y esmero cuando bajan al pueblo. Se divierten escuchando al plomazo de su padre tocar el violín o en los esporádicos y castos bailes donde bailan una con la otra.
No me detengo en comparaciones ruinosas porque creo que nuestras adolescentes son, al menos, reales. Ninguna niña a la que le estén creciendo tetas es jamás tan obediente… ¡Andá a criar adolescentes a la pradera!
Miremos ahora al padre y esposo. Tratemos de no compararlo con los ejemplares de varón que supimos conseguir. Seamos bondadosas al reconocer que si no vimos a nuestro hombre luchar cuerpo a cuerpo con un oso es porque los osos son escasos, pero se las ingenian bien para combatir los mosquitos, a veces.
Olvidemos también el temple del señor Ingalls para cruzar su carreta por un río crecido. Solo recordemos lo bien que nuestro señor arregla una canilla. A veces.
Comparemos entonces solo a aquel primer señor Ingalls: Michael Landon, magnífico ejemplar, con esta nueva versión de Hollywood y reconozcamos en el acto que es como comparar a Johnny Weissmuller con Woody Allen. Este nuevo señor Ingalls es más sensible, con menos músculos y más hoyuelos. Los dos están suculentos, depende para qué haya que usarlos.
Y he dejado para el final a ella, la mítica señora Ingalls, siempre sonriente y tierna madre y esposa. Cose, lava, plancha, siembra, cocina, lidia con troncos, indios, caballos salvajes y hasta se las ingenia para tener un bebé, sin ecografía ni parteras.
Todo lo cual me estremece. No es bueno coger frente a los hijos (duermen separados por una cortinita) y además sería bueno bañarse de vez en cuando, cosa que en la serie no ocurre nunca.
La original y esta remake me parecen detestables, básicamente porque siembran en las cabecitas el ideal de una mujer que nunca fuimos y que tampoco queremos ser. La imagen de una familia donde cada esfuerzo es recompensado y todo es maravilloso.
Y así no es. Cada familia es un bollo para componer diariamente, sin duda requiere esfuerzo que a veces, solo a veces, es recompensado y nunca con la perfección.
No vayan a creerlo: la familia Ingalls no existe, ni todo va mejor con Coca Cola.
Si quieren levantar tan penosa impresión pueden escribirnos a
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– Cristina Beatriz Wargon –
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varieté

«¿HIPPIE SE NACE O SE HACE?«
Por Claudia Baier

«RECUERDOS DE PROVINCIA o
EDUCANDO AL SOBERANO»
Por Alejandro el Mínimo

«SOY UNA VIEJA ADICTA A LA CAMA«
Por Lidia Poggio

«ANIMALITOS DE DIOS«
Por Viviana Sgavetti

«TODA GOTA MOJA«
Por Mariano Cognigni

«ELLA O YO«
Por Mónica Gervasoni

«ARCHIVOS WARGON»
Por Cristina Wargon

«LEAN, NO SEAN BESTIAS»











