¿HIPPIE SE NACE O SE HACE?

Por Claudia Baier

Juro sobre la Biblia, el Corán y el librito de Avón, que no participé de ningún conjuro especial mientras engendraba, para que me naciera una hija hippie.

No sé cómo pasó pero, per saltum, me encontré recibiendo nietos al mundo mediante partos domiciliarios, de los que huía despavorida y cobardemente antes que todo suceda, a la espera de que me avisen y hayan limpiado y ordenado las consecuencias del operativo.

Si no existe una materia en Psicología que se llame “Cómo ser madre de una hippie y no morir de sobredosis de pachuli”, deberían crearla.

Yo me hice a los tumbos, entre sahumerios de artemisa y humo de palo santo, cultos al sol y meditación, círculos de tambores, temazcales, medicina alternativa, cosmética natural, bioconstrucción, tofu y granola, baño seco y compostaje, rastas y rapados y enterramiento de placentas.

Hubo señales claro, pero no las querés ver, y soñas ingenuamente con una mutación a la previsibilidad de una vida convencional: primaria y secundaria sin sobresaltos, título universitario, pareja estable y nietos nacidos en hospitales.

Ocurrieron primaria y secundaria completos sin grandes sobresaltos, porque todavía no le daba el cuero hippie. Pero el título terciario de maestra de arte nos lo tiró por la cabeza como diciendo que un poquito se apiadaba todavía de nosotros. De allí en más perdimos totalmente el control y parimos una hija hippie hecha y derecha.

Para asegurarse de escapar del posible radar controlador parental se mudó a 2000 km de distancia. Desde donde nos vemos por video llamada (hippies pero no boludos), y agregamos visitas regulares.

Construyó su rancho desde la nada, con palos, barro, paja y botellas de colores. Fui testigo de todo el proceso, que todavía no termina. Las remodelaciones y ampliaciones se suceden sin pausa. Algunas hacen pensar que la hippie se estaría aburguesando, como fue pasar del baño seco al baño de agua. O del tacho de plástico con canillita en el fondo oficiando de ducha, al duchador cromado.

Será que se estará por cumplir la premonición de un amigo que me dijo: “cuando llegue a los 40 se le pasa”. Faltan sólo unos meses para ese evento, y varios indicios no abonan precisamente esa teoría. Ahora está volviendo de una ceremonia de varios días de ayuno de comida, agua y comunicación en medio del campo, a cargo de un chamán. Ellos le llaman “sembrarse”, e irremediablemente me la imagino enterrada como un rabanito con una cabellera de ramitas verdes aflorando en la superficie. Y hace poco organizó un taller de “Respiración ovárica” a cargo de una facilitadora brasilera. No pude evitar soltar la carcajada cuando escuché ese título, ganándome seguramente mi condena al geriátrico más trucho y turbio que pueda imaginarme.

De todos modos, prevalece el respeto mutuo por nuestras creencias y formas de vida, por ahora inflexibles. Tercas resistencias que a veces fluyen y se funden mediadas por “mi” guiso de lentejas con “su” porrito de postre.

Esto es un continuo adaptarse y comprender sin perder identidad ni amor, mientras se aguantan los trapos de “madre” e “hija”. Diplomas pesadísimos si los hay.