MUDARSE EN TIEMPOS DE SECA

Por Viviana Sgavetti

La lengua castellana es rica en matices y tonalidades. Ella es rica, aunque los argentinoparlantes no.

Estoy pobre, pero no lo soy. Veamos. Una serie de malas elecciones (en maridos y empleos, fundamentalmente) hicieron que hoy por hoy goce de mucha libertad de criterio, movimientos y decisiones, pero pocos billetes en las alforjas. Como sigo teniendo un placard habitado por pieles costosas, un relox de esox caríximos, casa, auto y perfume importado, colijo (ven, hasta educación refinada tuve) que no soy pobre.

Pero a la hora de mudarse… ¡vaya que se nota!

Una cosa es mudarse con plata, o sea: llamar a una de esas empresas que te empacan todo, con cartelitos primorosos y cajas elegantes, te lo llevan, te lo acomodan y ordenan en el nuevo destino, que te recibe pintado, encerado y encortinado, y luego de dos relajantes noches de hotel entrás y tenés hasta la carne al horno con papas y el flan casero esperándote en la mesa con mantel planchado y servilletas al tono.

Y otra, muuuuuuuuy ooooooootra, es hacerlo sin el vil metal, o con escasas cantidades de él. Les cuento: la casa donde me mudo es mía (tanto a favor), pero calculo que fue construida cuando los hermanos aborígenes eran los orgullosos pobladores del territorio. Es viejita mi casa, la pobre. Grande, luminosa, mucho patio, jardín, parrales, sombra bienhechora para el verano, calidez en invierno, habitaciones amplias, cielorrasos de madera, pisos sólidos, bla bla bla… así me la vendieron, por eso me acuerdo. Todo eso… pero vieja.

Antes que yo la habitaron mis inquilinos, una pareja gay que rompió con todos los estereotipos del tema. Resultaron ser más mugrientos y desordenados que Lindsay Lohan y Amy Winehouse juntas de juerga. De recuerdo me dejaron las paredes pintadas de un rosa chicle estridente e incombinable con muebles provenzales (que arrastro de mi antigua vida de no pobre), y un inexplicable boquete en el piso de la cocina, por el que parecen haberse escapado todos los internos de la cárcel local… Por el tamaño, calculo que lo hicieron con éxito, y mucho equipaje. Eso sí, se llevaron –los inquilinos, no los presos- la cocina, dos calefactores, y los medidores de gas y luz. Supongo que no lo hicieron con mala voluntad, y eso porque, a la hora de suponer, soy bastante tarada, no cabe otra posibilidad.

Las empresas que te llevan y te traen los muebles, a juzgar por el precio que cobran, deberían llevarlos en limousine y lustrarlos en destino, pero no, te los arrojan donde se les da la gana y todavía te los miran despreciativamente, como diciendo “mirá que juntaste porquerías en la vida, eh?”. Una trata de que se apuren, porque cobran por hora, pero ellos estudian el espacio disponible en el vehículo como si recién lo conocieran, con brazos cruzados y expresión preocupada… Preocupada estoy yo que les tengo que pagar, grito silenciosamente para mis tripas.

Por fin, dejan todo y se van. Y una, zigzagueando entre cajas que dicen (de mi puño y letra) “OJO, FRÁGIL RECONTRAFRÁGIL -SI ME LO TOCÁS TE MATO-”, y ahora están sepultadas debajo de otras tres que dicen “PESADO, DALE SIN ASCO, TOTAL TIENE HERRAMIENTAS QUE ERAN DE MI EX”, descubre que las copas de la abuela serán objeto mañana de un melancólico comentario tipo “¿te acordás de cuando había doce?”, y que las cartas de póker nunca volverán a tener los cuatro comodines…

Falta contarles la odisea de la reinstalación de los medidores, la maravillosa e invalorable colaboración de mi hijo y amigos, que a cada incursión decían: “Che, qué bueno que está para una joda…”, con lo cual a mí la mueca de agradecimiento maternal y promesa de futuras tortas de chocolate y milanesas con puré se me iba trocando en expresión alerta y autoritaria, de esas que jamás me han dado resultado, para qué negarlo.

Por ahora los dejo, tengo que desarmar la alacena, conseguir un gasista, encontrar las patas de la cama, guardar la ropa de la estación anterior, suplicar a los albañiles, constatar que no me hayan robado el medidor antes de que lleguen las huestes de la compañía de electricidad… y sacar un pasaje a Larecalcadapelvisdelamangosta, paraje desierto y lejano donde la palabra “mudanza” no figura en el vocabulario… Chau, chau, les dejé comida en la heladera… disfrútenla… si encuentran la heladera… jeje.