Depuración del separado
Por Viviana Sgavetti

Como ya venimos comprobando desde que el mundo es mundo, al ser humano le encanta numerar. Los diez mandamientos, siete sacramentos, cuatro jinetes del Apocalipsis, el Pibe Diez, ¡a la una, a las dos y a las tres!, por no mencionar los escabrosos versitos que se arman a la hora de citar cualquier cifra: que ocho te abrocho, que nueve te llueve, que doce te tose… en fin, unos jodones terribles.

Dado que me las doy de humana la mayor parte del tiempo, salvo cuando me levanto a la mañana hasta que desayuno y cuando mi hijo no me trae el auto a tiempo, yo no escapo a las generales de la ley… ley número… (¿ven?).

Les decía, que yo también voy a numerar. En este caso, como guía de ayuda para mujeres que quieren enganchar señores. Pero no cualquier señor, sino uno que tenga interés en ser algo más que un buen (o mal) recuerdo de una noche. Porque otra ley general (con honrosas excepciones) es que a nosotras nos gusta “engancharlos” –sea lo que sea que signifique esa expresión- y a ellos les gusta “sin compromiso”. Ya dedicaré tiempo a destrozar semejante afirmación, pero no es el caso ahora.

Lo que procederé a explicar a continuación son las tres etapas del hombre separado. Separado quiere decir que por fin la mujer lo echó de la casa, porque ya que estamos generalizando, aclaremos que ellos por sí mismos no se van así nomás… salvo que estén desesperadamente calientes con otra, en cuyo caso no mirarán ni siquiera lo que van dejando detrás… hasta que los vapores cálidos disminuyan su temperatura y ya sea tarde para recuperar no digamos el aprecio de sus hijos sino tan siquiera el traje azul que quedó en el placard del cuarto de huéspedes.

Bien, entonces el tipo ya fue desalojado del hogar matrimonial, y es entonces cuando comienzan a funcionar inexorablemente las tres etapas ya mencionadas, a saber:

1.- El baile del manotazo: el caballero –y soy generosa con esta calificación- está viviendo como el traste, ya sea en un hotel medio baratieri porque fue elegido de apuro, o de prestado en el desordenado departamento de algún amigo generoso pero indiferente, o en casa de mamá que está contentísima porque en su amarga viudez ha encontrado un motivo para seguir viviendo y poder por fin criticar a la yegua esa que no lo perdona, y “el nene” duerme en una especie de túnel del tiempo, contemplando angustiado los trofeos de la escuelita de fútbol “Cebollitas 84”, muñecos polvorientos de superhéroes ya retirados, y sábanas de He-man. ¿Qué le queda entonces? Todo aquello que ambicionaba cuando estaba casado, claro… que tratándose de hombres se reduce a una sola cosa: mujeres fáciles. Perdón, “mujeres” y “fáciles” no son palabras que se escriban juntas. Quise decir mujeres accesibles, que no es lo mismo.

Es sencillo reconocerlos. Se paran en la barra del boliche, queriendo parecer acostumbrados, pero les transpira la mano que sostiene el vaso, y sus sentidos, acostumbrados a ser usados de a uno, no pueden funcionar coordinadamente, con el resultado de que o no ve, o no escucha, o no puede tomar y sonreír al mismo tiempo. Lo que es seguro es que tienen como único propósito llevarse “algo” cada noche, porque es lo que necesitan desesperadamente para sentir que no fallaron en todo, que “el amigo” sólo necesitaba volver a las pistas, que ni loco me engancho…y desfilan jóvenes, veteranas, amigas de la niñez, antiguas enemigas, si es posible amigas de la ex, hasta puede ser que se traspapele alguna fiestonga o alguna cosilla homo… Todo será perdonado en la próxima etapa, lean…

2.-Fase zen: Luego de un tiempo de supuesto desenfreno, que dura un par de meses, el sujeto entra en un período de sanación, por decirlo de algún modo… porque no es que el otro fuera malsano, sino caro y con mucha resaca.

Por lo pronto, ya acomodó algunos temas: alquiló su propio lugar, aunque todavía no tiene ni idea de cómo se colocan los muebles, ni para qué sirven las bauleras de arriba del placard (jamás las abrían, salvo a pedido de la bruja, y su contenido les resultaba un misterio). Sus hijos ya le hicieron el aguante a la mamá lo suficiente y empiezan a visitarlo, con lo cual sus fines de semana ya no pueden ser un desfile de bombachas y copetines, sino más bien de cajitas felices y películas de transformers. Descubre a los susodichos hijos, y se va al otro extremo, aburriéndolos con largas y tediosas charlas sobre el futuro, sus aspiraciones cuando tenía la edad de ellos, los principios y tradiciones familiares, y otras peroratas que los niños soportan estoicamente porque en el fondo se sienten culpables de algo que descubrirán algún día, muchos años más tarde, en el diván del analista.

Las mujeres que frecuentó durante la etapa anterior son sólo un vago recuerdo, una semisonrisa que le sirve para comprobar que “ya fue, ahora lo que importa son mis hijos”… y es cuando de lunes a viernes, tiempo en que las criaturas no están disponibles, se anota en cuanto grupo de terapia, de autoayuda, de teatro, de cerámica griega, de tapicería holandesa, cata de vinos, arrollado de sushi, lo que sea con tal de recuperar a “ese que siempre fui”. Que ahí viene.

3.- El equilibrio: sí, amigas mías, por fin, luego de haber pasado por el círculo de los pseudo playboys, que tiene más de patético que de otra cosa, y por el de los observadores de su propio ombligo, llega el tan ansiado momento en el que pueden ser ellos mismos. Como fueron siempre, y como deberían haber seguido siendo, porque si el matrimonio se terminó la familia permanece, y una batalla no es la guerra, y la vida continúa. Los amigos ya tomaron partido, los de la pareja tal vez fenecieron con ella, los de fierro están ahí, los nuevos están siendo testeados…

Y es recién ahí cuando una puede tomarlos medianamente en serio. Porque ya viven su realidad, porque tienen ganas de volver a sentir ganas, porque pueden reírse de sí mismos, porque la amargura se transformó en experiencia, porque conservan las buenas costumbres de la convivencia con una mujer sin los malos hábitos, porque tienen hijos que los acompañan cuando una está con los propios… porque ya pasó lo peor.

Ya saben, entonces: la pregunta clave no es cómo te llamás, ni a qué te dedicás, ni la edad ni la marca del auto… ¿Cuánto hace que te separaste?

Después no me vengan con reclamos, eh.