«QUÉ DIFICIL SER HINCHA MUJER»

Por Silvia Gimenez

En esta edición de la copa del mundo, sin lugar a cavilaciones, tendré que tomar una decisión drástica para disfrutar de los partidos. Dígase a saber: a mis amigas las quiero con el alma. Para tomar un café, pasarnos un buen chisme, prestarnos ropa, y ponerles el hombro si están atravesando un mal trance. Pero para ver el Mundial, no. De ninguna manera. Estas ¿chicas? no manejan la terminología, no les interesa saber la lista de convocados, no tienen cábalas, ni amor por los trapos. Su única preocupación es quién ofrece la casa y qué vamos a comer, mientras esos once gladiadores intentan darnos, por cuarta vez, una alegría. No muestran el mínimo respeto por el técnico, y no falta la ridícula que pregunta “¿Quién dirige? ¿Bilardo o Basile? Se que era con B, pero no me acuerdo cual”. Expulsada automáticamente de mi círculo futbolero. Ni hablar cuando tiran “¿No está medio viejo para jugar Messi?”. Roja directa. Dios, perdónalas, no saben lo que dicen. Y no conformes, hablan. Pero no de cómo está parado el equipo, de a quién harían ingresar de titular, o si el rival intimida. Claro que no. Of course. Esta sarta de desubicadas habla de la suegra, del frío, o de alguna dolencia física (de ellas) que, en este momento, no es crucial ni interesante. Así estuvieran relatando que el marido las dejó y se fue con la profesora de Tai chi, y no sólo eso, le hizo un pibe, pero no se quiere separar por sus propios pibes, que, dicho sea de paso, no son ningunos pibes, blablablá. ¡¡¡NO ME IMPORTA!!!. Yo quiero escuchar a Mariano o Gustavo. Tal vez a Daniel, como apoyo nomás desde un costado (si no saben quiénes son, debería ver los partidos con mis amigas). No voy a silenciar el televisor para que ellas puedan cotorrear. Porque se escucha así. Fuerte. Tratando de que sea una experiencia inmersiva, como si estuviéramos en la cancha. Imaginando que el relator nos rocía saliva al hablar.

Pero, como siempre se puede ir un paso más allá, en especial si el cometido es exasperarme, arrancan con preguntas estilo: “¿Cómo sabés que es posición adelantada?”. Llega el entretiempo y revisan los celulares, no se las oye decir ni pío. Ahora bien, a escasos minutos de comenzar el segundo tiempo, arremeten otra vez con el parloteo, y como mi cara de traste ya es colosal, intentan (fallidamente) contagiarse del espíritu mundialista.

— Cómo no lo ponen al Pocho, ese que revoleaba la camiseta y tenía unos abdominales tremendos—, sugiere la que no ha visto ni diez minutos seguidos la pantalla.

— No sé, quizás porque tiene más de 41 años y se retiró en 2019. Pero salvo ese ínfimo detalle, bien podría jugar — respondo yo derrochando sarcasmo.

También sugieren al Kun Agüero, pero porque les gustan los morochos, no su habilidad con la pelota.

Espero que este año, se dejen seducir por las publicidades de los shoppings con descuentos exorbitantes, y acudan adonde pertenecen. Donde podrán encontrarse con otras féminas iguales a ellas a quienes les da lo mismo el resultado, o quizás esperan con ansias el Mundial porque se desentienden de sus maridos un mes entero.

De todos modos, no me voy a hacer la superada. Si llegamos a consagrarnos campeones, el festejo en Patio Olmos lo haré con ellas y me abstendré de tildarlas de truchas o exitistas si aparecen con la peluca de rulos celeste y blanca y la cara al mismo tono.