LA ESPOSA DEL TÍO ANÍBAL

Por Silvia Gimenez

El tío Aníbal se casó de grande. Nadie en la familia se esperaba que alguna vez formalizara una relación, que sentara cabeza. Era un tipo buen mozo, pintón, de risa contagiosa y anécdotas para cada ocasión.

Llegaba acompañado en cada cumpleaños o festejo familiar con una mujer distinta, siempre diez o quince años menor. Siempre con fecha de vencimiento. Alardeaba de su libertad como algo innegociable de entregar.

Vivió con mi abuela hasta los cuarenta y tres años en el mismo cuarto de su juventud, el que compartía con mi papá y el tío Eduardo.

No sabemos a ciencia cierta si lo que lo marcó fue la partida de la abuela, pero pronto comenzó a interesarse por la fábrica heredada de su padre, a salir menos de noche, a tener otras inquietudes. Y un buen día, anunció que nos quería presentar a Raquel, su novia. Esta no se estancó en la categoría amiga como las otras. 

Mi viejo, sin despegar la vista del diario del domingo, le dijo:  

—¿Es mayor de edad la señorita o viene acompañada de sus padres?

Me encanta el humor ácido de papá.

 Aníbal sabía que se tenía merecidas todas y cada una de las cargadas que le hacían.

 Nos dejó bien en claro que Raquel tenía treinta y seis años. Papá acotó:         

—Ah, te buscaste casi una jubilada.

Él sólo esbozó una sonrisa, media, para ser justos, y prosiguió ignorando a sus dos hermanos.

Mamá y Sofía estaban entusiasmadas con la idea de conocer a la candidata, y sin perder más el tiempo organizaron un almuerzo para el siguiente sábado.

Aníbal le agradeció y ratificó sus votos de cuñada favorita.

Esa semana, Sofi y yo ordenamos toda la casa, hasta esos rincones que no tendrían por qué ser transitados. Queríamos causar una buena impresión. Papá no entendía la razón de ese esmero exagerado.

 —Esto es una casa, no un monumento histórico. No tenemos por qué darle una visita guiada por cada esquina.

Nosotras hicimos caso omiso y seguimos dándole a la franela por todos los muebles.

Ese sábado, mamá cocinó su especialidad: lasaña a la bolognesa. Solía prepararla para acontecimientos especiales, así que ya nos caía bien la tal Raquel.

El máximo esfuerzo que hizo mi viejo fue sacarse las chinelas, esas de tiras cruzadas, horribles hasta para estar de entrecasa.

A las once y media sonó el timbre. Eran el tío Eduardo y compañía. A relajar los músculos de la cara y retraer sonrisas.

Recién una hora más tarde llegaron los tortolitos tomados de la mano. Papá y Eduardo realmente se contuvieron y apenas si dijeron “hola, un gusto”.

Raquel era alta y delgada. Tenía los hombros ligeramente encorvados hacia adelante, como quien ha sufrido ser la niña más alta de todo el grado. Su tono de voz era monocorde, bastante bajito y nosotros, que somos gente de voz potente, nos costaba oírle lo que nos relataba.

Aunque el tío Aníbal intentaba disimular, igual nos dimos cuenta que estaba nervioso, parecía que esperaba una sentencia. 

Mi prima Mercedes le preguntó a Aníbal cuándo iba a venir con la moto para sacarnos a dar un paseo. La última vez que la trajo sólo anduvieron los primos varones. No alcanzó a contestar porque Raquel lo hizo por él:              

—La moto la va a vender. Es muy peligrosa, suceden muchos accidentes.

  ¿Vender la moto? Pero eso era como exigirle al Zorro que se deshaga de Tornado. Papá y el tío Eduardo estaban mudos, se decían todo con la mirada. Ellos poseían esa habilidad fraterna, una suerte de código interno que jamás desciframos.

Cuando llegó la hora del postre, mamá llevó a la mesa una isla flotante que estaba más para enmarcar y que la posteridad la admire, que para cercenarla con palita y cuchillo. Esa maravilla de sabores era una producción de la tía Meche, que sabiendo que nos iba a hipnotizar con el caramelo desbordando los lados, siempre decía, cruzando los dedos como en señal de buena fortuna “No sé cómo me habrá salido, espero que bien”.

Raquel rechazó el plato pese a que le había servido la mejor porción y la más grande al compás de “te agradezco, pero viste el refrán que dice: segundos en tu boca… años en tus caderas”.

Mamá y Meche no tenían un código secreto de miradas, tenían uno peor, el de concuñadas aliadas. Todos pudimos ser testigos de esos que se cruzaron, mamá enarcó una ceja, Meche achinó la vista.

Creo que ese fue el momento que determinó que de ahí a la eternidad Raquel jamás sería la tía Raquel, mucho menos la tía Quela. Sería la esposa del tío Aníbal.