
HEY, SEÑORA
Por Mónica Gervasoni
Has recorrido un largo camino, muchacha… ¿en qué momento?..
Recordar, a cierta altura del partido, no sé si es buena idea. Es como abrir cajones que una misma cerró con fuerza, y después no encuentra la llave.
Como decía mi abuelita: “viejos son los trapos”.
Claro. El problema es cuando empezás a sospechar que los trapos…te están mirando desde el espejo.
Porque, por ejemplo, yo me acuerdo de esto: Abrí la puerta de mi propio departamento -ya casada, con papeles, responsabilidades, una sola planta que dependía de mí para no morir y un tupper que no vuelve- y el sodero, sin titubear, me dijo:
—Nena, llamá a tu mamá.
—¡Soy adulta! —le grité con la fuerza de mis pulmones al pobre sodero, que lo único que quería, a las ocho de la mañana era vender una soda, no escuchar la crisis existencial de alguien que durante años quiso ser más grande a toda costa.
Porque claro, una pasa media vida apurando etapas, queriendo ser señorita, después señora…
Y un día lo logra. Y ahí es cuando empezás a sospechar que te apuraste.
Porque nadie te avisa que existe esta progresión existencial espantosa: de señorita a señora, de señora a doñita, de doñita a doña… y de ahí, sin escala, al: “qué vieja de miércoles”. Y vos ahí, sin firmar… autorizando todo eso.
Yo venía bien. A los treinta apareció la primera cana y armé un escándalo social. Si en ese momento me mostraban la actualidad capilar, pedía asilo político en la peluquería. Hoy doy gracias de que no sean verdes. Verdes no de esperanza: verdes de rabia, tipo Grinch en diciembre.
Del sexo pata y libidinoso, señorita, cuando pasabas por una obra (sí, soy de la época en que las barrabasadas que se decían todavía no estaban prohibidas. Igual, con mis volúmenes discretos nunca habilité el zarpe… mala mía!).
Alcanzaba con un silbido -medio desafinado, exagerado- y una ya decía: -Bueno, existo.
Hoy paso por una obra y si me dicen algo, es:
—Señora, ¿se le cayó esto? , y ni siquiera es mío.
Y lo más grave no es el cambio de categoría. Es la velocidad, la falta de aviso. La ausencia total de consentimiento.
Pero si ahora la vieja soy yo, al menos que la vida me dé a elegir.
Porque, puestos a ser, prefiero ser una vieja de lunes: de las que empiezan, de las que se reinventan, de las que todavía creen que algo puede pasar.
Y no una de miércoles, de esas que ya se levantan cruzadas… y se quedan a vivir ahí.
