QUE LA INOCENCIA ME VALGA

Por Mónica Gervasoni

Padezco una ilusión óptica importante. Un psico a la derecha, por favor.

Yo tengo la fantasía —no sean mal pensados: esta no es sexual— de que, cuando llego a casa un viernes por la noche, puedo revolear los tacos, el corpiño y el corset, y cantar:

—¡Libre soy, libre soy!

Libre, por fin, de la fachada de señora con la que me disfrazo durante la semana laboral.

Pero no.

Apenas atravieso la puerta, tres criaturas me esperan sentadas, mirándome con la expresión de quienes llevan horas reteniendo una demanda constitucional: la cena.

El orden de los productos no altera los resultados en matemáticas, pero en mi caso el orden de a quiénes dar la cena primero altera mi mente y el metabolismo de todos.

A saber:

Si no le doy de comer al hijo mayor, consume videos hasta quedar bizco.

Si no le doy de comer al perro, sale a cazar a la gata por el cogote.

Y si no le doy de comer a la gata, cuadricula al perro.

No sé exactamente qué significa “cuadricular” en términos felinos, pero la escena parece suficientemente grave como para intervenir.

Ergo, tengo que llegar rápido a casa y, en el mejor de los casos, pedir delivery para tres. Cuatro, si me cuento a mí misma y mi cansancio no le gana a mi hambre.

Durante la semana, una cree que el viernes representa la llegada de la anarquía. Una imagina el fin de los horarios, la abolición de las obligaciones y una noche horizontal, sin agenda, en la que el único compromiso sea con la almohada.

Mi exagerada ingenuidad se quiebra cuando miro las sillas.

La ropa está haciendo guardia.

Mi silla de la ropa y la silla de la ropa de mi hijo esperan solemnemente. Si tuvieran piernas, las cruzarían. Esperan ser clasificadas en: para lavar, para doblar, para planchar.

La ropa del tender también espera que la baje, para que pueda ir, por fin, a su destino final: los cajones.

Los cajones cruzan los dedos a ver si este finde, por fin, son ordenados de una vez por todas.

Mientras yo me digo:

—Que sigan participando.

Las compras no se hacen solas.

Y en un departamento de dos por dos no tengo riego para las plantas. Tengo que regarlas yo.

Hasta las plantas, que tienen la delicadeza de quedarse quietas, tienen una demanda pendiente conmigo.

La tiranía del orden no se jubila los fines de semana. Apenas se cambia de uniforme.

Y ahí aparece mi hijo, estratégicamente apostado junto a una montaña de platos.

—Yo lavé toda la semana —dice.

Pobre santo.

Casi se me escapa contestarle que yo también trabajo y estudio. Pero según cierta jurisprudencia doméstica, esas dos actividades me convierten en la única persona apta para trabajar, estudiar, cocinar, limpiar, organizar, recordar turnos, comprar alimento balanceado y resolver conflictos diplomáticos entre especies.

Yo debería responder:

—¿Y yo me la rasco?

Pero estoy demasiado cansada hasta para protestar.

Entonces lavo en silencio. Enjuago. Ordeno.

Hago mutis por el foro, aunque en mi caso el foro está lleno de pelos de perro, platos sin lavar y una media que nadie reconoce como propia.

Finalmente, cuando me voy a dormir, mi retoño osa preguntar:

—¿Me abandonás?

No. Todavía no.

Lo que abandono, por unas horas, es la fantasía de descansar.

Porque el fin de semana no llega para liberarnos de la semana laboral.

Llega para demostrarnos que la semana laboral era, en realidad, apenas la primera parte del turno.

Así que, en vez de cantar:

—¡Libre soy, libre soy!

Me libero de la oficina, sí.

Me pongo el traje de Muqui Esperancita: joggineta, buzo de manga corta y zapatillas.

Por lo menos es más cómodo que los tacos.

Libre, libre… no sé.

Pero cómoda, estoy.