«LAS CULPAS TAMBIÉN SE VAN DE VACACIONES «

Por Mónica Gervasoni

Las culpas me persiguen hasta en vacaciones. La primera se mide en bolsos.

La pregunta es siempre la misma: ¿qué llevo? Y el “por si” se estira más que la autopista. Por si llueve, paraguas. Por si refresca, abrigo. A esta altura del partido, si no hace 40 grados a la sombra, me resfrío.

Sin embargo, con los años, la edad y mis ex, los bolsos se fueron achicando.
Igual, cuando los armo, me miran de reojo y disparan el hitazo prevacacional -ya convertido en un clásico: -¿Todo eso vas a llevar? ¿Para qué?

Cada vez cuento con menos voluntarios para cargarlos. Hasta mi hijo -que es un santo – amagó que, si sigo cargándolo con mochilas como si fuera un dromedario o un equeco, él también va a convertirse en ex. Ex hijo. Me deshereda como madre.

Pero la culpa pesada no es la del equipaje. Irse de vacaciones no es irse así nomás: es abandonar. Al perro. Al gato. A las plantas. Seres que te miran, como diciendo: “¿Así que te vas?”.

El perro lo entiende enseguida. Apenas ve un bolso fuera de lugar, no me saca los ojos de encima. Camina lento, suspira, se echa atravesado en la puerta. No ladra.
Juzga.

Le explico que vuelvo, que es por unos días, que hay comida. Nada. Propongo guardería canina: muestra toda su dentadura -excelente, mejor que la mía- y clava las cuatro patas en el piso. Me parece que no quiere.

Después está el gato, que no negocia. Cultiva esa indiferencia suya cuando algo no le gusta, en general: todo. Cada vez que me voy, me regala su desprecio. Y en un gato, eso es sentencia.

Y después están las plantas. La carnívora entra en huelga de hambre: ni una mosca, ni una distracción, ni fuerza de voluntad. Castigo. El potus se repliega por angustia existencial. El cactus aprovecha mi ausencia para montar una guerra territorial con el gato. Yo vuelvo y el patio parece un campo minado de espinas. El cactus queda pelado y el gato, ileso. El bambú, por muy zen que parezca, sufre abandono oriental y occidental. Todo junto, todo profundo.

Con tanta culpa encima, llego a insinuar -con cara de yo no fui-, a riesgo de que las demás plantas me linchen o hagan piquete con asentamiento en el comedor, que tal vez el bambú podría venir con nosotros. Total, no ocupa lugar: bolsita, tierrita y listo.

Uno sólo. El más sensible.

Ahí mis hijos me miran raro, o yo estoy un poco confundida. Creo que dentro del outfit playero me están probando una camisa blanca, una que se ata atrás.
Lástima que sea blanca. Ese color no favorece, remarca la barriga. ¿No habrá una cremita, aunque sea?

Dale, hija… fijate bien. PD: mejor me callo la boca y me llevo las culpas de vacaciones.