De Córdoba nos visita MARIANO COGNIGNI.
Llega con ese humor socarrón y sutil, aún sin cantito.
PASE AMIGO. ES UN GUSTO!

DESVARÍOS DE LA COLUMNA MERCURIAL

Por Mariano Cognigni

Para que el asiento de la bici no duela demasiado en las asentaderas, por decirlo de algún modo delicado, las calzas de ciclista tienen un acolchado de goma justo ahí, en la entrepierna, siendo ya menos delicado. Además se usan con calzoncillos, y la elegancia de este texto está cayendo a pique.

El viernes pasado fue santo, pero hacía tanto calor y humedad que era mejor no resucitar.

Sesenta kilómetros en bici me hice, solo de toda soledad, ni chicharras había en las sierras. Casi deshidratado paré en un rancho de Saldán que es medio pulpería y medio almacén. Tenía pinta de estar cerrado pero un cartelito decía «Pase».

Abrí la puerta, el almacenero acodado en la barra parecía una estatua de cera. Las mesas estaban vacías, el ventilador de techo hacía clac-clac y en la radio sonaba, bajito, un cuarteto de la época de La Leo. El pulpero me devolvió el saludo levantando una ceja, apenas, como si temiera herniarse con el esfuerzo. Le pedí una Coca Ligth, y sentí que lo alteraba, el tipo practicaba una especie de yoga autóctono con el mentón apoyado entre las manos; me pareció que hacía un tipo de meditación siestera para sobrellevar en estado de trance este desvarío de la columna mercurial. Lo vi irse hacia el fondo de la casa con paso cansino. Por allá lejos, lo escuché abrir una pesada heladera y revolver entre las botellas preguntándose quién sería tan idiota de pedir semejante porquería. Entonces aproveché la soledad del salón para poner en su sitio ciertos aspectos íntimos de mi hacinada anatomía y para calmar escozores de las zonas aledañas. Pero con la goma, la ropa interior y los guantes de ciclista, las maniobras se dificultan a más no poder. Debí adoptar antinaturales posturas de contorsionista y efectuar retorcidos tocamientos impuros. A medida que saciaba mis requerimientos epidérmicos con rasquidos y acomodaciones, yo emitía una serie de estruendosos bufidos, suspiros y gemidos de alivio.

De repente, algo de origen sobrenatural se hincó en mis espaldas. Una mirada. Giré la cabeza y comprendí lo sucedido. Al abrir la puerta, una mesa había quedado oculta a mi visión. En ella había un lugareño dando cuenta de un tinto con soda y hielo. El vino que faltaba en la botella estaba en sus alicaídos ojos y en el rojo de sus mejillas. Me quedé congelado de vergüenza. Sin siquiera parpadear, el hombre me dijo:

– Maestro, tóquese algo cuando tenga un tiempito

Una Yapa…

Para los que me preguntan cómo me pueden haber echado de tantos colegios, va esta breve anécdota del secundario:

El profe de una materia (que hoy seguramente se llamaría “marketing”) era un petiso muy agrandado, engreído e insoportable. Ese profe me odiada. Los otros también, pero bueno, no viene al caso. En una clase, dijo:

– Yo les voy a hacer un desafío, alumnos. ¿Escucharon alguna vez hablar de «Las 3 B»? Eso de «Bueno, Bonito y Barato». Pues bien, los desafío a que me digan si existe algo que realmente sea así.

Silencio absoluto en el aula. El profe se puso bien erguido, lo más que podía.

Entonces yo levanto la mano. ¡Para qué! El tipo se relamió, y se le inyectaron los ojos de sangre:

– Bueno, bueno -dijo histriónico- vamos a escuchar acá al señor Cognigni. Parece ser que él sí sabe de algo que es bueno, bonito y barato. Vamos a ver cómo nos sorprende, porque yo hace quince años que soy profesor y nunca nadie pudo contestarme esta pregunta…

Y sin dudarlo respondí:

– La paja-.