
«DOLORES Y CALORES «
Por Mariano Cognigni
Corría el año 2013, febrero, calorazón dicho en cordobés. Volvíamos en el auto con mis compañeros de bici. A orillas de la ruta había un ciclista tirado en la banquina; el resto del grupo, unos diez, lo rodeaba con cara de preocupación.
Con nosotros venía un médico. -Paremos a ver qué pasa -dijo, sin dudarlo.
Bajamos. El que estaba tendido sobre el asfalto parecía ser el más grande de todos, a lo mejor un tío medio viejo, el gerente de la empresa, el dueño de la fábrica, o algo así. El resto era más joven y tenían bastante cara de susto.
El Doc bajó con el maletín y preguntó:
– ¿Cómo se llama, amigo?
– Hernán
– ¿Cuantos años tiene?
– 67
– ¿Tiene alguna enfermedad crónica?
– No
– ¿Cómo se cayó de la bici?
– Creo que me maree
– ¿Perdió el conocimiento en algún momento?
– No
– ¡Si! -dijo a coro el resto de grupo, con tono de horror,- estuvo desmayado un rato-.
El médico le miró los ojos, le tomó el pulso, lo auscultó, lo hizo respirar, le preguntó si le dolía acá o acá y le tomó un test sanitario y otro neurológico. Por fin, mientras guardaba el estetoscopio en el maletín, sentenció:
– Mire amigo, la sangre que tiene es de las raspaduras y el dolor es del golpe, no se preocupe que la ambulancia ya está viniendo. No tiene nada grave, no tiene huesos quebrados, se le van a formar unos moretones pero no es nada, ha sido por el calor, va a poder seguir andando en bici varios años más, va a estar todo bien.
Los amigos respiraron aliviados como si un arcángel se les hubiese aparecido, les volvió el color a la cara.
Hasta ahí era un capítulo perfecto del manual del médico bonachón, todo cerraba de oro. Pero el guacho, un segundo antes de irnos, el muy guacho, la tenía que cagar. Lo miró a los ojos seriamente y lo interrogó:
– Dígame Hernán, además del dolor del golpe ¿siente algún dolor o malestar que yo no le haya preguntado?
– Si -dijo sonriendo- me duele el culo, debe ser de la caída.
– Y todos se rieron condescendientes por la zafada expresión que había empleado el patriarca del pedal.
– No -dijo el docto animal- no es eso. Es que mientras estabas desmayado, estos hijos de puta aprovecharon para culiarte.
De inmediato Fede y yo y nos escondimos en el auto al grito de ¡No lo conocemos! ¡Nosotros no lo conocemos!
