«LEAN, NO SEAN BESTIAS»

CUANDO NUESTROS CHICOS SE PONEN SERIOS…

Esta sección surgió del puro amor que tenemos por la literatura. Porque cada uno de nosotros lleva un puñado de cuentos, de poesía o de palabras que nos hicieron quienes somos y -cuando uno fue objeto de tal regalo de la vida-, se siente en la obligación de compartirlo. Esa fue la génesis. Después vino el escarbar en nuestras bibliotecas y nuestra memoria. Luchar con los formatos web que nos son tan ajenos y sostenerlo a lo largo de estos años, en la aridez de vuestro silencio como respuesta. Hasta que un día, tarde, me puse a pensar que cada uno de mis chicos escribía, y cuando uno puede escribir lo más -en este caso el humor- puede también escribir lo menos (adjetivos discutibles y quizás, intercambiables). Pero si el humor es tragedia más tiempo, primero fue la tragedia y por ende todos debían tener un cuento “serio” adentro.

Aquí están.

LIZ MARINO. Ya venía formada cuando nos conocimos, sólo era increíblemente tímida. Perdió hace rato ese incómodo atributo, con la proximidad del grupo y esta desfachatada docente. Viene con una biblioteca detrás, parecida a la mía, e idénticos amores. Lo de ella es la sutileza, esa fina distancia que da la ironía y un toque de delirio. Siempre con ese crédito que abre al lector para que él mismo complete la historia.

PASADO:

Cada vez que pienso en Teo se me caen las cosas de las manos.
No lo entiendo, hace demasiado tiempo de lo de Teo, adoro a Dani y nos llevamos bien, planeamos una familia, viajamos juntos.    
Pero pienso en Teo y siempre algo se me rompe, o se me desliza, se me va.
No me llamó la atención al principio, podía ser casualidad. Estaba tomando un té de cedrón y pensé en Teo, no sé a raíz de qué. Y ahí nomas solté la taza, se hizo trizas y encima me quemé, menos mal que estaba en zapatillas, lo que nunca porque soy de andar descalza en casa.  
Pero a la semana pensé en Teo mientras estaba por subirme al bondi, y se me cayó la Sube. Se me fue de las manos, la encontré después ahí, aplastada por una rueda, deshecha.
Otro día fue en el super, pensé en Teo cuando se me cruzó esa chica de pelo rojo tan linda, me aflojé y se me cayó la cartera abierta. Una señora me ayudó a levantar tarjetas, llaves, remedios, papeles. Sentí vergüenza, y de regreso a casa repasé la secuencia, las coincidencias.
No tenía que pensar más en Teo, evidentemente.  Pero elegir qué no pensar es difícil, más lo evitás más sucede, y así en los meses siguientes se me rompió el secador de pelo, la ensaladera blanca que me regaló Sofi y ese candelabro hermoso que era de abuela Nilda.
Antes desaparecía a su antojo, ahora aparece porque sí.  Siempre jodiendo, Teo. 
Una noche le conté a Dani.  Que se me cayeron las cosas todas las veces que pensé en Teo, que quizás me habían hecho algún trabajo, que yo no sentía nada por Teo pero cada tanto algunas cosas me lo recordaban, un logo en una remera, un toldo, una calle o un cenicero de Quilmes. Y que si justo ahí tenía algo en la mano… ¡¡plaff!! se me iba a la mierda.
Dani es inteligente, dijo no te preocupes, casualidades sin importancia. Pero puso una cara diferente, creo que sí le pareció importante. Después, no lo hablamos más.
Ahora estamos en otra etapa, casi no volví a pensar en Teo, tan ocupados anduvimos con el casamiento, la casa nueva, y lo mejor: el embarazo, el nacimiento de Lorenzo. Una vida diferente.
Dani trabaja mucho y no se fija en detalles, y nuestro bebé es buena excusa para no tener cosas de vidrio, equipar la casa con vasos de acrílico, tazones de melamina, hay tanto diseño ahora. En Palermo encontré unos platos de metal lindísimos. 
Es cierto que a veces me amargo, el otro día se me fue al piso el perfume que me regaló Dani para nuestro aniversario, son frascos gruesos, preciosos, y el golpe rajó el calcáreo del baño. Pero con una alfombrita pude taparlo, quedó bien.
Y así la voy llevando, lo poco que se me rompe ni lo menciono.
Por suerte la tengo a Nelly, viene a ayudarme cuando invitamos gente y hay que usar las copas divinas que nos regalaron al casarnos. Dejo todo en manos de ella. Para qué correr el riesgo de estar moviendo vajilla y que de repente alguien ponga cierta música, o pida whisky para agregar al café.
Nelly es además una niñera maravillosa, la única que le hace upa a Lorenzo cuando se pone fatal y llora y llora y sólo se calma si lo alzan. Una genia Nelly, me hace mucha falta.
Porque yo a Lolo no voy a alzarlo. Lo paseo en el cochecito, lo mimo en su cuna, jugamos en mi cama, o en una mantita en el piso. Le canto, lo beso, lo amo. Pero no voy a alzarlo nunca. No voy a correr el riesgo de que con Lolo a upa de repente se largue a llover, o a alguien se le ocurra pasar por mi vereda canturreando un tema de Moris.
No tiene sentido, por eso le dejo todo eso a Nelly.  

A la felicidad hay que cuidarla.

MÓNICA GERVASONI. Difícil de presentar, porque se ha formado a mi lado durante muchos años y, como todos saben, puedo ser una amiga amorosa pero siempre soy una maestra dura. Mónica quiere escribir Humor, pero un día descubrí que en el drama, brilla. Juzguen ustedes.

LEGRADO:


La primera vez fue mi cuerpo entero el que escuchó esa palabra.
Legrado.
¿Qué era eso?, me pregunté. Me lo pregunté en medio de dolores que llegaban como pujos gestándose en mi vientre.
Legrado, recuerdo.
Estaba embarazada. Empecé a sentirme mal. Dolor. Un dolor raro. Espeso. Como si algo dentro mío estuviera soltándose de a poco.
Urgencias. Ambulancia. Luces blancas pasando rápido arriba de mi cabeza.
La médica hablaba bajito con mi marido.
—Está perdiendo al bebé.
Y después la palabra.
Legrado.
¿Qué era legrado?
La palabra me golpeó antes de entenderla. Sonaba a metal. A raspadura. A algo que arranca.
Llegué al hospital doblada sobre mí misma, sosteniéndome el vientre. La sangre bajaba caliente entre las piernas. Sangre y más sangre. Lo que quedaba de mi bebé se iba por mi cuerpo sin preguntarme nada.
—Legrado —dijo la doctora.
—Legrado —repitió la médica de planta.
—Legrado —confirmó alguien detrás de un barbijo.
Y yo seguía sin entender del todo qué significaba esa palabra horrible que todos pronunciaban con tanta naturalidad. La naturalidad de un procedimiento médico. La naturalidad de algo que debía hacerse sobre mi cuerpo.
Después anestesia.
Después sueño.
Después vacío.
Cuando desperté, mi bebé ya no estaba.
Y tampoco quedaba nada de él dentro mío.
El legrado había limpiado todo.
Limpiado.
Qué palabra brutal para hablar de una pérdida.
Como si el dolor pudiera barrerse.
Como si el amor pudiera rasparse.
Como si un cuerpo pudiera salir ileso de quedarse vacío.
Legrado.
Todavía hoy la escucho y siento frío.

SILVIA GIMÉNEZ. Y en riguroso orden de llegada viene “nuestra nueva”, Silvia Giménez, con dos libros editados y perfecto fruto de una modernidad que todavía nos es ajena. Mas allá de tecnicismos, vecindades y formatos, mira al mundo con pasión y humor. Lo suyo es escribir y se le nota. Vean.

EJECUCIÓN FINAL:

José “el rengo” Guzmán, espera su hora en el corredor de la muerte en una prisión de Texas. Los últimos quince años los abogados de oficio se la pasaron presentando apelaciones para detener su ejecución. En las audiencias, él grita que es inocente; quiere vivir, que no lo maten. Pero la justicia cuenta con testigos y videos que lo ubican en el lugar de los hechos. Las pruebas son irrefutables. Es culpable. Recontra.

Esa noche de verano, José ingresó al supermercado de la gasolinería Buc-ee’s ubicado en la Interestatal 35 en New Braunfels. Estaba nervioso, le sudaban las manos y su comportamiento era algo errático. De verlo, cualquiera se daría cuenta  que la abstinencia se lo llevaba puesto. Caminó por los pasillos simulando ser un cliente. Buscaba a su dealer, que trabajaba medio tiempo como repositor de bebidas. Le preguntó a un empleado si había visto a Skinny. Al principio, el tipo no sabía de quien le hablaba, así que lo tuvo que describir: colorado, muy flaco, dientes torcidos. En el lugar lo conocían como Roger. Le dijo que, de no encontrarlo en las heladeras de bebidas, seguramente estaba en la parte de atrás, tomando su descanso.

José ni siquiera le dio las gracias y partió a buscarlo donde los empleados toman un receso y aprovechan para comer algo, fumar, o vender sustancias ilegales.

Le preguntó si podía hablar con él. Roger se molestó:

—¿Cómo se te ocurre venir acá? ¿Te volviste loco?

—Tengo dinero. Por favor, vendeme algo —le rogó.

—Get the fuck outta here —dijo Roger, y le dio un empujón con el hombro.

De repente, José sacó un arma de la cadera y le apuntó, amenazandolo.

—Skinny, no estoy bromeando. No quisiera dispararte, pero lo voy a hacer.

Roger se dio la vuelta y se burló haciendo la mueca de alguien que lloraba.

—Ay, por favor. No lo hagas, José —siguió burlándose y luego cambió de tono de manera abrupta—. Disparame, cabrón.

Lo repitió un par de veces dándose golpes en el pecho y antes de alejarse unos pocos metros dijo:

—Como imaginé, te faltan cojoness, pendejo.

La primera bala le rozó una oreja dejándolo aturdido. Cuando quiso darse vuelta las otras cuatro impactaron en su pecho. Cayó al suelo desplomándose sobre su propia sangre. Murió en el acto.

No fue difícil para la policía dar con el asesino, apresarlo, y en pocas semanas el veredicto fue unánime: culpable.

Así fueron pasando los años, y en las ocasiones en que definían fecha para ponerlo a dormir la siesta eterna, sucedía lo mismo: una última cena que le daban a elegir, entrevista con un sacerdote que lo sermoneaba con la casa de Dios, una despedida escueta con su madre. Esto lo desmoronaba por dentro. Veía como esa mujer seguía asistiendo sin importarle la mirada de la familia de Roger, ni de la suya propia. No tenía opción, José era su hijo.

Concurría a las reuniones propuestas por sus letrados ilusionado con un indulto del Gobernador. Desde la puerta de la sala de reuniones anticipaba que no eran portadores de buenas noticias, no las que él suponía.

Con el correr del tiempo, aquella incertidumbre fue peor que la condena.

Estaba presente cuando les llegaba la hora a sus compañeros, algunos después de veinticinco años de aguardo. Ya no lo soportaba, no les pedía a sus abogados que peleen o presenten amparos. Asumió un destino que nunca terminaba de concretarse, y eso, era como morir mil veces. El día que por fin sucediera, sólo descartarían un cuerpo vacío, una cáscara. La resignación hizo que él dejara de existir.

Hoy le toca enfrentarlo sólo, su madre ya no está en este mundo, ni siquiera los familiares del hombre al que le arrebató la vida les interesa su destino. Todos lo han olvidado. Otra vez una protesta a favor de los derechos humanos detiene a su verdugo, que lo espera tras un vidrio, sin capucha, sin culpa y sin importarle en lo más mínimo la vida de este infeliz.

No pide por su vida, ni clemencia. Lo que le sirvan la noche anterior ya le da igual. Hasta el sacerdote acortó su discurso. Se da cuenta de que la única forma de dejar esa cárcel es la muerte. Volviendo a su celda, le ruega al policía que lo acompaña que ya no más, que lo inyecten de una vez. Ya no ruega por vivir, ahora desea su muerte.

JUAN CARLOS CIA. El mundo de Cia es la crueldad extrema, no da tregua ni respiro, pero es un escritor hecho y derecho. Ganador serial de concursos literarios, está por sacar la primera edición de un libro. Me adelanto y lo publico acá.

LA OSCURIDAD DE LOS VIERNES:

El viernes empezó mal y siguió empeorando. El proveedor volvió a patear la entrega y el gerente ya hablaba de parar la línea como si estuviera describiendo una ejecución pública. Había tenido que echar a uno por coimero y ahora todos lo miraban como si olieran sangre.
Otro viernes de mierda.
Salió de la oficina aflojándose la corbata. El calor todavía seguía pegado a los edificios aunque ya había oscurecido. Caminó hacia el subte esquivando gente, puteadas, bolsas, vendedores ambulantes. Un slalom furioso entre cuerpos cansados.
Pasó frente a la chocolatería.
Frenó apenas.
El olor dulce le revolvió el estómago.
Siguió.
No quería pensar.
No los viernes.
En el subte esperó dos formaciones antes de subir. Igual viajó aplastado contra una mujer demasiado perfumada y un gordo que respiraba por la boca. Cerró los ojos.
Todo olía a cansancio.
A ropa usada.
A oficina.
Entonces volvió esa sensación.
Primero en las manos.
Después detrás de las rodillas.
Como pequeñas descargas eléctricas.
Faltaban tres estaciones.
Siempre empezaba cuando faltaban tres estaciones.
Intentó abrir una ventanilla.
No pudo.
Respiró por la boca.
Cuando salió a la calle el aire fresco le alivió apenas el mareo. Duró poco. A los pocos pasos la espalda volvió a chorrearle transpiración.
Le quedaba menos de una cuadra.
Caminó despacio, haciendo equilibrio sobre el cordón.
Nunca pisaba las baldosas.
Al principio había sido una superstición ridícula. Después se volvió costumbre. Ahora simplemente no podía hacerlo.
Saltaba desde el borde del cordón hasta alguna cazuela de árbol. A veces apoyaba la mano contra las paredes para sostenerse. Rozaba el revoque con el hombro y seguía avanzando así, de costado, como si la vereda pudiera abrirse debajo de sus pies.
Un chico lo vio esquivar una tapa de desagüe y se rió.
Él siguió.
Hacía años que no caminaba normal.
Desde aquel viernes.
El ascensor lo dejó en el quinto piso.
Por fin algo funcionaba suave y perfecto.
Abrió la puerta pensando en una ducha fría, una cerveza y televisión hasta dormirse. Nada más. Nunca quería más que eso los viernes.
Dejó los zapatos perfectamente alineados junto a la pared.
Fue al baño.
Se lavó las manos.
Una vez.
Dos.
Tres.
Después abrió una lata y tomó casi sin respirar.
Recién entonces entró al living.
Y la vio.
Sentada junto a la ventana.
Desnuda.
Completamente desnuda.
El pelo negro cayéndole sobre los hombros.
Los labios apretados.
Los ojos demasiado abiertos.
En la mesa ratona seguían la botella de espumante, las dos copas y los pasajes.
Cubiertos de polvo.
Él miró enseguida hacia otro lado.
Prendió el televisor.
CSI.
Siempre CSI.
Subió el volumen.
Ella no dejaba de mirarlo.
Él no dejaba de evitarla.
Entonces la voz volvió.
Suave.
Cansada.
—Hoy pisaste una baldosa.
Sintió un pinchazo en el pecho.
—No.
—Sí.
Cambió de canal.
Después volvió a CSI.
Las sienes empezaron a latirle.
—No la pisé.
Ella sonrió apenas.
Una sonrisa triste.
Como si ya supiera.
Él fue hasta la cocina y se sirvió whisky.
Un vaso.
Después otro.
Después otro más.
Las manos le temblaban apenas.
—¿Me podés decir qué te pasa?
No contestó.
—Hace años que no me mirás.
Cerró los ojos.
El departamento parecía llenarse lentamente de ese perfume.
Opium.
Dulce.
Pesado.
Muerto.
—Estoy cansado —dijo al fin.
Ella inclinó apenas la cabeza.
—No estabas cansado ese día.
El vaso quedó suspendido en el aire.
Entonces escuchó otra vez el ruido.
No el grito.
Nunca recordaba el grito.
Solo el golpe.
Seco.
Negro.
El cuerpo rompiéndose contra los mosaicos de la vereda.
Abrió los ojos.
Ella seguía junto a la ventana.
Esperándolo.