
Lean, no sean bestias.
PONGALO EN LA CUENTA
Por John Fante (1909 -1983 // Fue un escritor estadounidense.
Nacido en una familia humilde de origen italiano, estudió en la Universidad de Colorado y se mudó a California, donde ambientó la mayoría de sus novelas. )
Nunca he podido olvidar la cuenta de la tienda de comestibles. Es como un fantasma incansable que me persigue, aunque la infancia ha desaparecido y aquellos días ya
no existen. Vivíamos en una pequeña ciudad del norte de Colorado. Nuestra casa de ladrillo rojo fue el regalo de bodas que mi padre le hizo a mi madre. Ladrillo a ladrillo, la había construido él mismo, trabajando de noche y los domingos.
Tardó un año en construirla y en el primer aniversario de boda mis padres tomaron posesión de ella. Yo fui su primer hijo y el único que no nació en la casa de ladrillo rojo. El primer año que pasamos en la nueva casa nació mi hermano. Al año siguiente nació otro hermano. Y luego otro. Y otro. Y otro. Mi madre daba a luz con tanta rapidez que mi padre, que era albañil, cayó en un estado de estupor del que nunca se recuperó del todo. Acabamos siendo nueve.
Al lado de la casa de ladrillo rojo estaba la tienda de comestibles del señor Craik. Poco después de mudarnos a la casa, mi padre abrió una cuenta con el señor Craik. Los primeros años se las arregló para pagar las deudas. Pero los niños crecían y cada vez comían más, y como los niños llegaban en cadena, la cuenta de la tienda tenía cada vez más números. Peor aún, cada vez que llegaba otra criatura, parecía traer mala suerte a mi padre. Sus problemas y su prole aumentaban un peldaño y su sueldo bajaba otro. Estaba seguro de que Dios le tenía manía por sus excesos de antaño. ¡Dinero! Cuando yo tenía doce años, mi padre tenía tantas facturas que hasta yo sabía que no tenia inten-ción ni posibilidad de pagarlas.
Pero la cuenta de la tienda de comestibles le obsesionaba. Cuando debía cien dólares al señor Craik, le pagaba cincuenta. Cuando le debía doscientos dólares, le pagaba setenta y cinco. Cuando le debía trescientos, se las arreglaba para pagarle cien. Y asi era con todas sus deudas. No había ningún misterio en ellas. No había motivos ocultos en sus impagos. Ningún presupuesto podía acabar con ellos. Ninguna economía planificada podía modificarlos. Era muy sencillo: su familia comía más de lo que ganaba. Sabía que su única solución era una racha de buena suerte. Su incansable creencia en que esa racha de buena suerte llegaría era lo único que había impedido que saliera corriendo o que se volara la tapa de los sesos. Aunque amenazaba constantemente con hacer una de las dos cosas, no hizo ninguna.
El señor Craik siempre se estaba quejando. Nunca confió del todo en mi padre. Si mi familia no hubiera vivido al lado de su tienda, desde donde podía vigilarnos, y si no hubiera creído que finalmente recibiria al menos parte del dinero que se le debía, no nos habría dado más crédito. Simpatizaba con mi madre, y la compadecía con esa mezcla de comprensión y lástima que los pequeños empresarios sienten por los pobres como clase, y con esa apatía glacial que sienten hacia los individuos de la misma. Pero la cuenta era ya tan elevada que se metla con mi madre e incluso la ofendía. Sabía que personalmente era sincera hasta rayar en la inocencia infantil, pero parecía olvidarse de todo esto cuando entraba en su tienda para aumentar la cuenta un poco más. Era un hombre que comerciaba con mercancias, no con sentimientos. Se le debía dinero y él seguía dándole más crédito. Sus reclamaciones eran inútiles. Dadas las circunstancias, aquella era probablemente la mejor actitud que podía adoptar.
Desde el punto de vista de mi madre, hacía falta valor para entrar en el establecimiento y enfrentarse con el tendero día tras día. Tenía que darse ánimos hasta casi rayar en la imprudencia temeraria. Mi padre no prestaba mucha atención a la vergüenza que pasaba delante del señor Craik. Le explicaba el bochorno que suponía para ella ver diariamente al tendero, pero no le contaba los detalles del cruel comportamiento del señor Craik. Era demasiado humillante. Así que mi padre no era del todo consciente de lo que pasaba. Lo sospechaba, pero era la clase de sospecha que se detesta verificar. Esperaba, como es lógico, que hubiera problemas para obtener más crédito. Pero ella era su esposa y su obligación era conseguirlo. En su opinión, haber tenido tantos hijos no era culpa suya. Él veía esa parte como una conspiración deliberada entre ella y Dios. Él solo era un hombre que trabajaba para ganarse la vida. Amaba a sus hijos, por supuesto, a pesar de todo, ¿eh?, ¡a pesar de todo! Así que ella tenía que cumplir con su papel, que según él era muy sencillo, ya que no tenía nada que ver con el sudor y el esfuerzo de su trabajo.
Durante toda la tarde y hasta una hora antes de la cena, mi madre hacia acopio de la valentía y desesperada decisión que necesitaba para ir a la tienda. Se sentaba con
las manos en los bolsillos del delantal… y esperaba. Pero su valentía se había adormecido de tanto abusar de ella y ya no se despertaba.
Era la típica tarde de invierno. Lo recuerdo: era tarde. Ella me veía por la ventana, porque yo estaba con un grupo de chicos del barrio al otro lado de la calle. Nos tirábamos bolas de nieve. Mi madre abrió la puerta.
-¡Arturo!
La vi al borde del porche. Me llamaba porque yo era el mayor. Ya casi había oscurecido. Las sombras se arrastraban rápidamente sobre la lechosa nieve. Las farolas iluminaban friamente, un resplandor frío en medio de una niebla aún más fría. Pasó un automóvil y las cadenas de sus neumáticos tintinearon con espíritu mortecino.
-¡Arturo!
Yo sabía lo que quería. Chasqueé los dedos con repugnancia. Sabía que quería que fuese a la tienda. Su voz tenía ese temblorcillo peculiar y desesperado que era propio del momento de ir a la tienda. Traté de librarme fingiendo que no la había oído, pero siguió llamándome hasta que me entraron ganas de gritar y los chicos dejaron de tirar bolas de nieve.
Lancé la última bola, la vi estrellarse y eché a andar sobre la nieve y crucé la helada calle. Ahora la veía totalmente. Le temblaban las mandíbulas a causa del frío nocturno. Estaba con los brazos cruzados, sacudiendo los pies para no enfriarse.
-¿Qué quieres? -dije.
-Hace frío -dijo-. Pasa dentro y te lo digo.
-¿Qué pasa, mamá? Tengo prisa.
-Quiero que vayas a la tienda.
-¿A la tienda? No. No voy a ir. Ya sé por qué quien que vaya yo… porque tienes miedo de la cuenta. Bueno, pues no voy a ir.
-Por favor, ve -dijo-. Ya tienes edad para entenderlo. Ya sabes cómo es el señor Craik.
Lo sabía. Y detestaba al señor Craik. Siempre me preguntaba si mi padre estaba borracho o sobrio, y qué carajo hacía mi padre con el dinero, y cómo podéis vivir los macarronis sin un centavo, ¿y cómo es que tu viejo nunca está en casa por la noche? Conocía al señor Craik y lo detestaba.
-¿Por qué no puede ir August? -dije. Maldita sea, siempre soy yo el que tiene que hacerlo todo.
-Pero August es demasiado pequeño. El no sabría qué comprar.
-Bueno -dije-. Pues yo no voy.
Di media vuelta y me fui con los chicos. La pelea de bolas de nieve continuó. Ella me llamó. No respondí. Volvió a llamarme. Grité para ahogar su voz. Ya había oscurecido y las ventanas del señor Craik resplandecían en la noche. Mi madre se quedó mirando la puerta de la tienda.
Cuando entró ella, el tendero daba golpes con la cuchilla en un hueso apoyado en el tajo. Al oír el chirrido de la puerta, el hombre levantó la cabeza y la vio: una figura pequeña e insignificante con un viejo abrigo negro con el cuello de piel levantado, casi todo pelado, tanto que los islotes blancos destacaban en el negro tejido. Una media, siempre la izquierda, se le bajaba y arrugaba a la altura del tobillo. Saltaba a la vista que la liga rota estaba sujeta por un imperdible. El brillo apagado de sus medias de rayón les daba un matiz amarillento que acentuaba los pequeños huesos y la piel blanca que había debajo y hacía que sus viejos zapatos parecieran aún más húmedos y viejos. Anduvo como mujer en una catedral, con miedo y de puntillas, hacia el conocido espacio en el que invariablemente hacía las compras, el punto en el que el mostrador se encontraba con la pared. Sonreía como si se sonriese a sí misma por ser lo que era: una madre, una madre fecunda y no una señora de la buena sociedad.
En años anteriores saludaba al tendero con un «qué tal estamos». Pero ahora pensaba que quizá no le gustara al tendero tanta familiaridad y se quedaba en silencio en su rincón, esperando a que él estuviera listo para atenderla.
Al ver quién era, el tendero no le prestó atención, y ella fingió ser una espectadora interesada y sonriente mientras el hombre descargaba la cuchilla. El hombre era de estatura media, en parte calvo, con gafas de montura de celuloide; tenía cuarenta y cinco años. Llevaba un grueso lápiz sobre una oreja y un cigarrillo en la otra. El delantal blanco le colgaba hasta los zapatos y se lo ceñía con una cinta azul que le daba varias vueltas a la cintura. Estaba cortando un filete de lomo de vaca bermejo y jugoso.
-¡Caramba! -dijo ella-. Qué buen aspecto tiene, ¿verdad?
El tendero dio la vuelta al filete, cogió un trozo de papel del rollo, lo puso en el plato de la báscula y colocó el filete encima. Sus dedos rápidos y blandos lo envolvieron expertamente. Ella calculó que costaría unos noventa centavos y se preguntó quién lo habría comprado.
El señor Craik se echó el lomo al hombro y desapareció en la cámara frigorífica, cerrando la puerta tras de sí. Ella se preguntó por qué los carniceros siempre cerraban a sus espaldas las puertas de las cámaras frigoríficas; imaginaba que, en el caso de que se quedaran encerrados dentro y no pudieran salir, al menos no se morirían de hambre, ya
que siempre podían comerse las salchichas. Le dio la impresión de que el tendero se quedaba en la cámara más tiempo de lo normal. El hombre apareció por fin, aclarándose la garganta; cerró la puerta de la cámara frigorifica, echó el candado como si diera por terminada la jornada y desapareció en la trastienda.
Supuso que el tendero había ido al lavabo a lavarse las manos, idea que la indujo a preguntarse si necesitaba jabón en polvo Gold Dust Cleanser; y entonces, de repente, se dio cuenta de que necesitaba de todo.
El hombre apareció con una escoba y se puso a barrer el serrín que rodeaba el tajo. Ella levantó los ojos hacia el reloj. Las seis menos diez. ¡Pobre señor Craik! Parecía muy cansado. Era como todos los hombres, probablemente se moría por una comida caliente, y pensó que sería muy bonito estar casada con un tendero; pero aunque fuera la mujer de un tendero, ella no permitiría que en su mesa hubiera otra cosa que pan casero. Entonces pensó en el dinero que podría ganar si tuviera una tienda en el centro y vendiera buen pan casero, grandes hogazas como las que cocía ella misma. Estaba segura de que podía dirigir un establecimiento así y, pensando de este modo, fue inevitable que imaginara lo furioso que se pondría su marido si ella se ganara la vida como muchas mujeres modernas. Se veía ya en aquella pequeña panadería, con pasteles, galletas y panes en el escaparate, ella tras el mostrador con un delantal blanco, las señoras de la buena sociedad de University Hill entrando y diciendo: «¡Ah, señora Bandini! ¡Qué productos tan apetitosos prepara!» Y por supuesto, también tendría una ruta de reparto, y Frederick, August y Arturo serían los chicos de los recados, y luego sus hermanos seguirían su ejemplo; se preguntó cuánto les pagaría al principio; y como Arturo era el mayor y necesitaba tenerlo de su parte, le pagaría seis dólares a la semana, y a August tres, y al pequeño Frederick uno. Meterían el dinero en una cuenta de ahorro y cuando aquella primera tienda fuera un éxito, ella…
El señor Craik terminó de barrer y se detuvo a encender un cigarrillo.
Ella dijo:
-Qué tiempo tan frío tenemos, ¿verdad?
Pero el hombre tosió y ella supuso que no la había oído, porque desapareció en la trastienda y salió con un recogedor y una caja de cartón. Se agachó, acercó el serrín al recogedor y lo echó en la caja.
-No me gusta el frío, ni pizca – dijo ella.
El hombre volvió a toser y, antes de que ella se diera cuenta, ya se había ido con la caja. Oyó correr el agua. El hombre volvió secándose las manos con el delantal, aquel bonito delantal blanco. Ella sonrió con aire lastimero, pero él no la miraba. Pulsó ruidosamente la tecla de «Sin venta” de la caja registradora. Ella cambió de posición, apoyándose en el otro pie. Las manecillas del reloj seguían avanzando. Ya eran las seis en punto.
El señor Craik recogió las monedas de la caja registradora y las puso en el mostrador. Arrancó un trozo de papel del rollo y cogió el lápiz. Se apoyó en el mostrador y contó las ventas del día. Ella tosió. ¿Era posible que no se hubiera enterado de que estaba en la tienda? El hombre humedeció el lápiz con la punta de su lengua rosada y se puso a sumar cantidades. Ella se alisó el pelo, enarcó las cejas y se acercó al escaparate delantero para mirar las frutas y verduras.
-¡Fresas! – dijo. ¡Y en invierno! ¿Son fresas de California, señor Craik?
El hombre introdujo las monedas en una bolsa de banco y fue a la caja fuerte, donde marcó la combinación con los dedos. El tictac del reloj era como el golpeteo de un pequeño martillo. Eran las seis y diez cuando cerró la caja fuerte.
Ella ya no lo miraba. Se le habían cansado los pies y con las manos cruzadas en el regazo, se sentó en una caja y miró los escaparates cubiertos de escarcha. El señor Craik se quitó el delantal y lo dejó encima del tajo. Tiró el cigarrillo al suelo, lo pisó y fue a la trastienda en busca de su abrigo. Mientras se levantaba el cuello, le habló por primera vez.
-Vamos, señora Bandini. Tome una decisión. No puedo quedarme aquí toda la noche.
Al oír la voz del tendero, ella perdió el equilibrio y casi se cayó de la caja. Sonrió para ocultar la vergüenza, pero estaba muy colorada y bajó los ojos. Sus manos, semejantes a hojas arrastradas por el viento, corrieron hasta su cuello.
-¡Oh! -dijo-. Aquí estaba yo, ¡esperándolo tan tranquila! Lo siento muchísimo. No pensé…
-Qué va a ser, señora Bandini, ¿filete de espalda?
Ella se acercó al mostrador con los labios fruncidos.
-¿A cuánto está hoy el filete de espalda?
-Al mismo precio. Al mismo precio.
-Eso está bien. Póngame cincuenta centavos.
El hombre cabeceó con seriedad.
-¿Por qué no me lo ha dicho antes? -exclamó-. He guardado toda la carne en la cámara frigorifica.
-Oh. Lo siento muchísimo. Dejémoslo pues.
-No -respondió-. Esta vez lo sacaré. Pero otro día venga antes. Ya llegaré a mi casa en algún momento de la noche.
Sacó un corte de espalda y se puso a afilar la cuchilla.
-Y bien -dijo-. ¿Qué hace Svevo estos días?
Los dos hombres apenas se habían hablado en los últimos doce años, pero el tendero siempre se refería a su marido por su nombre. Ella tenía la impresión de que el señor Craik le tenía miedo. Era una convicción que la hacía estar muy orgullosa en secreto. Hablaron de Svevo y ella le recitó por enésima vez las desgracias de un albañil en invierno. Estaba deseando marcharse; era muy penoso contarle al señor Craik lo mismo día tras día, año tras año.
-¡Ah, si! -dijo ella, recogiendo los envoltorios-. ¡Casi lo olvido! También quiero algo de fruta…, una docena de manzanas.
Fue como un bombazo. El señor Craik maldijo entre dientes mientras abría una bolsa y metía las manzanas dentro.
-¡Santo Dios! -dijo-. Esto de aumentar la cuenta tiene que acabar, señora Bandini. Le digo yo que esto no puede seguir así.
-Se lo diré a mi marido -dijo ella rápidamente-. Se lo diré, señor Craik.
-Ach. Como si eso sirviera para algo. Esto no es la beneficencia.
Ella recogió los paquetes y corrió hacia la puerta.
-Se lo diré, señor Graik. Se lo diré. Buenas noches, señor Craik. ¡Buenas noches, señor!
¡Qué alivio salir a la calle! ¡Qué cansada estaba! Le dolían todas las células del cuerpo. Pero una vez más, y durante otro día, estaba resuelto el problema de la comida. Sonrió al respirar el frío aire nocturno, y abrazó con cariño sus paquetes, como si fueran la vida misma.
