
MEDIO METRO DE MISTERIO
Por Gabriela Martinez
El grito estridente de la Celina oscureció al barrio por completo. “¡ Una Ford 100 le dio en la sien al enano Eduardo!”. A los pocos minutos estábamos todos embargados de tristeza en la escena del accidente. No se qué tan querido era, sí se que nos enorgullecía decir que nuestro barrio tenía un enano propio, con la misma vehemencia que lamentábamos la ausencia de una estafeta postal.
Lo recuerdo como un ser misterioso.
Era medio metro de misterio. Pacato, con un traje azul y un portafolios de cuero marrón en mejores condiciones que el mío de segundo grado, salía temprano y volvía por la tarde. Hasta ese momento nadie sabía a qué se dedicaba ni a dónde iba.
Quiso la tragedia develar el currículum oculto del enano, puesto que enganchados al paragolpe de la F100 cual banderines, asomaban unas tangas animal print que salieron del portafolios del escaso difunto.
¡Era masajista de próstatas, nomás! – exclamó desilusionado el almacenero, no sin antes persignarse al lado del cadáver.
Yo no entendía bien a qué se refería, pero me quedó en claro que no había sido despedido de un circo por negarse a domar pulgas, versión que daban mis padres. Pobrecito.
El chueco Molina entre llantos desconsolados organizó el velatorio, que nada tenía que envidiarle a los Corsos de San Vicente.
Sobraban lentejuelas, plumas y encaje.
Un velorio no puede oler a sexo. Éste sí.
Estuvimos un rato, y mamá prometió participar del cortejo fúnebre al día siguiente.
Así fue.
En un Fiat 600 se acomodaron los dieciséis enanos amigos con sus armas de carne reglamentarias, mientras que los clientes de la whiskería donde trabajaba el finado entraron todos en una Renoleta. Gracias al exceso de vaselina, ninguno quedó afuera.
Los vecinos, hacinados, fuimos en el Rastrojero del sodero llevando el cajoncito del finado.
Partimos hacia el cementerio municipal, todos en contra de la moción del panadero que ofreció su horno para cremarlo o enterrarlo en una maceta abaratando costos.
¡Qué atrevimiento!
El trayecto era largo, y el motor del Rastrojero recordaba en cada subida el exceso de carga que nos obligaba a bajar y empujarlo.
En el mientras, los niños quedábamos sentados arriba del ataúd luego de pedirle disculpas al enano.
Después de varias horas y contratiempos en absoluto silencio sepulcral, llegamos a su última morada.
El chueco Molina se abrazó al cajón soltando un llanto desconsolado que cobró protagonismo, y ya en el nicho colocó una placa con un clavel rojo.
“Petiso pero me la piso” (1950/1977)
Q.E.P.D mi eterno amor. Yo, tu chueco.
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