ALGO HABRÁ HECHO

Por Gabriel Steinberg

Corría el año 1977 y ese febrero nos fuimos de vacaciones quince días a Necochea.

La casualidad hizo que muchos integrantes de la familia coincidiésemos en esa ciudad, hasta la «tía» Anabela, que era como la nueva, por llamarla de alguna manera. Que el tío Bernardo se hubiese separado y trajera novia nueva de setenta y pico, en esa época era una cosa rara.

Para mi desgracia, ella también fue con los suyos, por lo menos con sus hijos y su nieto Mateo, de 2 años el pendejo. Tampoco yo era un adulto, pero 12 o 13 cumpleaños ya había pasado.

Me acuerdo que estaban por empezar los Carnavales.

Lo que realmente me rompió mis incipientes huevitos, fue que el centro pasó a ser el nuevo nietito.

Quién conoce Necochea, sabe que a determinadas horas del día, para llegar desde la zona de carpas al agua, hay que quemarse las patas como doscientos metros.

A esa edad, yo estaba entre que miraba a Tom y Jerry y espiaba cuando pasaba alguna señorita que me atraía. También me gustaban los deportes, y me dejaban jugar con los más grandes al voley.

Y vuelvo al tema de mi rotura de huevitos. La nueva tía me tenía de asistente de su nieto, ya sea para jugar con él, para ir a comprarle un helado, o para lo que fuera.

Pero un día se complicó. Era la tercera o cuarta vez que caminaba con el baldecito rojo -que no cargaba más de un litro- hasta la orilla, a traerle agua a Mateíto porque quería armar un castillo en la arena. Mateíto no podía dibujar una O con un vaso, pero su Abu quería que él creyera que estaba armando un castillo, y allá iba el boludo, o sea yo, por cuarta vez caminando con el baldecito a buscar agua.

De pronto veo que vienen de frente dos señores policías. Lo primero que pensé fue: «pobres tipos, caminar por la playa con borcegos”, y lo segundo fue: “¿Por qué carajos cada uno me está agarrando de un brazo sin dejarme tocar el piso con los pies?”.

Recuerdo, como si fuese una película, que no sabía de qué se me acusaba,  y seguro que no me dijeron mis derechos, que podía negarme a declarar y que todo lo dicho podía ser usado en mi contra.

¿La acusación?: Una señora de malla violeta me había denunciado por tirarle agua cuando estaba tomando sol de espaldas. Así me lo plantearon.

No sólo que yo no le había tirado agua a nadie, si no que además, si estaba de espaldas…¿Cómo podía acusarme? ¿Tendría ojos en el culo?. Vieron un gordito con cara de nada, con un baldecito en la mano y dijeron: «Debe ser ese».

Miedo y vergüenza se me cruzaron.

Estaba como a doscientos metros de la carpa de mis viejos, a cien de la orilla, y a otros cien de la tía Anabela y Mateíto.

Pero la peor vergüenza fue la que sentí cuando se empezó a juntar la gente detrás nuestro. Imagínense: dos Rambos llevando en el medio a un gordito en patas, con un balde en la mano y no menos de doscientas  personas atrás cantando: ♪ ♫ Que lo larguen, que lo larguen ♪ ♫…

Por supuesto, la Anabela se hizo bien la boluda, y nunca apareció.

Llegué a ver una cara conocida del voley, y le grité el número de carpa de mis viejos. Más rápido que Colapinto llegó mi viejo a los gritos de: “¿A quién van a llevar preso ustedes, la puta que los parió?”. Me arrancó literalmente de los brazos de estos señores de borcegos y bermudas, que tenían más pinta de Boys Scouts que de policías de los años setenta.

A esa altura ya eran como quinientas las personas que nos rodeaban, y al rato por suerte me soltaron. No puedo dejar pasar que uno de los polis quiso coimear a mi viejo, que respondió: “Estoy en malla, ¿dónde te pensás que puedo traer plata? ¿En el pito?”. 

Los tipos se fueron, insultados, y yo con mis viejos a la carpa, con el aplauso de toda la playa.

A pesar de la época, esta vez habían ganado los buenos.