
LO HUMANO FUNCIONA
Por Claudia Baier
Me adapto y acepto los cambios y avances tecnológicos lo mejor que puedo. Pero la incipiente robotización me toma sorprendida y negadísima. Ya se me pasará, supongo. Porque llegará el día en que no existan cajeros humanos que me cobren la cebolla y los fideos y me tendré que resignar al frío automatismo de un robot si pretendo comer.
Me dan mucha pena los que ponen los chinos a hacer coreografías. Tienen menos ritmo que un pollo y a veces fallan y tropiezan lastimosamente. ¡Qué necesidad! Lo mismo que los insípidos mozos robot, o el carrito o el dron que te trae el paquete de Temu o la hamburguesa. Por suerte en estas latitudes no son tan comunes, y todavía se puede interactuar con humanos a cargo de estas tareas.
Los primeros fueron los enanitos aspiradores, esos que soltás en la habitación y se encargan de “aspirar” hasta la tanga que te olvidaste tirada, en tal caso, se atasca y se funde. Se traban y tropiezan con todo, así que hay que allanarles el camino. Tarea que lleva casi el mismo tiempo que si aspirás vos misma. En el grupo de mis amigas, la primera que lo tuvo fue la casada con el gay. Claro, el tipo tenía la casa hecha un quirófano, y estaba dotado del último grito de la moda en electrodomésticos. Ahora parece que los perfeccionaron, adosándoles unas patitas para subir y bajar escaleras. Una mejora que no es garantía de un clavado intempestivo desde la planta alta seguido de muerte. Escoba y palita con una música que te gusta, mata robotito.
Lo que se viene es la mucama robot humanoide. Una asistente para tareas domésticas de tamaño real. Puede sacar la basura, doblar la ropa, llenar el lavavajilla, ayudarte a bajar las bolsas del auto, te pasa recetas, te avisa de tus eventos, y barre, o aspira, y no sé qué más. Miedo, terror. ¿Y si un día se revela o le falla algún circuito y te revienta todos los platos contra el piso, o peor aún, te caga a piñas?. Gracias, paso.
Pero mi amiga, ahora divorciada de su marido gay, se enteró de que en Neuquén había una mujer dedicada a la importación que los traía de China por el precio de un celular. No paró hasta conseguir su contacto, porque ella no te lava un vaso ni te barre los pelos del gato. Muy mal acostumbrada. Y todo bien con la muqui robot, hasta que un día mezcló ropa blanca con la de color y entró en cortocircuito con la tostadora cuando intentaba prepararle el desayuno, provocando un incendio que le chamuscó los pelos, los repasadores y el gato. Cuando fue a reclamar a la importadora, le explicaron que la mujer estaba de vacaciones en Maldivia con su mucama humana, porque ella, como los narcos, no consume lo que vende. Fue a Defensa del Consumidor, le dijeron que se joda por toda respuesta. Y ahí anda, medio pelada, con toda la ropa teñida del mismo no-color, y del gato, ni noticias.
En China prohibieron los robots “de compañía” para proteger la salud mental. Parece que las regulaciones funcionan. Resulta que la gente se enamoraba con la intensidad de una telenovela turca, o se creía que tenía un amigo en quien confiar. Realidad y ficción eran un solo bodoque. Eso con el amigo invisible no pasaba.
Ya no hay retorno. Adáptate o muere. Seguro mis nietos y bisnietos llegarán más familiarizados con este asunto. Mientras tanto, prefiero la charla aburrida de un taxista humano a un auto fantasma que se maneja solo. Para mí, lo humano, siempre imperfecto, funciona.
