LLEGAR EN MAL MOMENTO
Por Claudia Baier

Caer como peludo de regalo en una casa es una experiencia en peligro de extinción, porque ahora padecemos de sobredosis de aviso. Avisamos cuando estamos por salir, avisamos cuando estamos saliendo, avisamos cuando estamos a medio camino, avisamos cuando pisamos la vereda, y avisamos cuando estamos en la puerta. Y si el avisado todavía no está listo, es porque es un colgado, un nabo o un hijo de puta. El timbre pasó a ser una pieza de museo, y sólo lo usan los testículos de Jehová, expertos en caer en mal momento.
Pero hay lugares y situaciones donde el aviso no aplica. Como cuando caemos al almacén del barrio por un sachet de leche, justo cinco segundos después de la señora que empezó a pedir 100 gramos feteados de toda la lista de fiambres. Si esto no es caer en mal momento, qué es. Y cuando ingenuamente pensás que ya terminó dice: ahh y 150 de fiambrín poneme también. Y ahí sí, cabreadísima por dentro, te imaginás ahorcándola con una ristra de morcillas bombón.
Otra, cuando caés al puestito de degustación de salamín con pancito en el súper, cuando ni las migas han dejado tus predecesores, gente despreciable que sabe caer en buen momento. En cambio, dos góndolas más adelante está la promotora aburrida y sin gente de las crackers de arroz con dip de berenjenas y la esquivás con la urgencia que te permite el chango con ruedas locas que te tocó y que te lleva a donde quiere.
Otro momento que hay que evitar es la hora del almuerzo en los puestos de atención al público de tu banco amigo. Agradezco todos los días al dios home banking pero hay trámites que requieren presencialidad. Cuando por fin te toca tu número combinado con letras combinado con signos especiales combinado con signos del zodíaco combinado con números romanos combinado con el número del puesto, que por suerte, la espera de cinco horas te permitió descifrar, te abalanzás cándida sobre la silla del escritorio que te toca.
El sujeto o sujeta te saluda amable, pero con un ojo te mira haciendo que te escucha, y con el otro mira su reloj. De la nada te anuncia que va a buscar unos papeles, pero se lleva sospechosamente la cartera/mochila. Sí, se fue a comer. Así, impunemente, le chupa un huevo todo. La hora de comer es sagrada, y ahí quedaste plantada como novia en el altar, con ganas de llorar y putear, consciente de la inutilidad de dichos actos. Encima el de seguridad te viene relojeando feo desde que entraste porque tuviste la osadía de intentar mirar la hora en el celular. No sea cosa que te pongas en contacto con terroristas iraníes para coordinar la voladura de las bóvedas y el vaciamiento de las cajas de seguridad. Ni miras entonces de jugar al Candy crush o enterarte del último chisme de Wanda para soportar la espera. Te queda mirar el techo, comerte las uñas o pegar un moco debajo del escritorio. Vamos por esto último a modo de pequeña venganza consuelo.
Otra de bancos, caer a sacar plata justo cuando salen de servicio siete de los ocho cajeros automáticos que ostenta… al pedo.
Caer demasiado temprano a una juntada en una casa. Mala idea porque te enganchan para ayudar a poner la mesa, cortar quesito y doblar servilletas. La única ventaja, es que no tenés que saludar a una multitud.
Llegar al kiosco justo cuando el dueño colgó ese cartelito odioso y mugriento que reza “vuelvo en 10 minutos”.
Llegar a la balanza electrónica de la verdulería del súper, inmediatamente después del jubilado que lleva 25 bolsitas de fruta y verdura fraccionada a la mínima expresión posible, bondades de esta economía de la crueldad.
Y la lista continúa… no sé si será azar o mala estrella, pero exhibo esta inútil habilidad.
Uuuhhh timbre! son ellos…, y yo con estos pelos!
