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CATÁLOGO DE AMORES

Pareciera que el romanticismo pasó de moda junto con las delicias de las cartas de amor. En verdad lo dudo, ha tomado quizás otras formas, se ha vuelto “líquido”, huidizo, vergonzante.

Desconozco sus detalles por eso. Si quiero hablar de amor tengo que remitirme a mi generación, que fue marcada por Cumbres Borrascosas, Lo que el viento se llevó y hasta Migré… ¡¡¡ésas eran formas de amarse!!! Se sufría desde el primer al último suspiro. Todas las mujeres que atravesamos esas décadas quedamos propensas a esa infección y algunas, hasta adictas a los «amores piojosos». Pero intentemos organizar el catálogo.

AMORES GLORIOSOS

Quizás los únicos amores gloriosos son lo que se terminan con la muerte súbita de uno de los enamorados. Pero, según nos enseñara Hollywood, los amantes deben ser jóvenes y bellos, y la causa del deceso no debe contener ninguno de los ingredientes asquerosos que trae consigo la muerte en la vida real.

AMORES SONSOS

Son los de noviazgos largos, zaguaneros, que generalmente terminan en el matrimonio y, de tan calmos, es difícil ubicarlos como «amor». Son los menos. A veces duran hasta que la muerte los separa, cuando ya se han convertido hace décadas en una sociedad de socorros mutuos. A veces se los ve en la calle, caminan con dificultad y en silencio, y ni siquiera se alcanza a distinguir cuál está más rengo de los dos.

La gente tiende a idealizar a las parejas de viejitos, yo en cambio veo en ellos una patología que me resulta indescifrable.

AMORES DE PASO

Entre esos dos extremos están los amores de footing, los que preparan para una carrera de más largo alcance, como un matrimonio o una convivencia seria.

En su momento (plena juventud) suelen ser equivocados, estrepitosos, frustrantes y, para las chicas a las que les cuesta aprender o les gusta divertirse, suelen ser muchos. Dejan el corazón con mínimas marcas, y de él no queda ni el nombre de pila.

AMORES QUE NO

Sin mucha cronología vienen los amores clandestinos que sostienen a un buen matrimonio. Esa ráfaga de adrenalina melosa, ese juego al límite de las escondidas, esa imposibilidad terminal que los separa y que, por supuesto, jamás es como se declara.

Uno o ambos juran que su cónyuge moriría si se lo abandona cuando, con un poco de sinceridad, los dos saben que es más posible que el abandonado engorde del alivio a que se suicide. Lo cierto es que jamás podrán ser.

AMORES PIOJOSOS

Finalmente vienen los «amores piojosos». Para las mujeres, esto significa un brutal ataque de pasión por alguna rata de albañal a la que exaltan a categorías míticas. Lo ponen en un pedestal y le rinden tributo. Les hacen regalos en los que revientan la tarjeta en tres mil cuotas (él jamás ni un chupetín), les dan plata, pagan todos los gastos que el amor demande, desde un telo a un perfume, les dan ideas, palabras, libros, su tiempo y la totalidad de su cabeza. Se trasforman en un bolero ambulante derramado sobre un personaje de baja estofa, que jamás les retribuye tanto amor y hasta, para el bien de ellos, es difícil que puedan sentirlo.

Durante el tránsito de esta pasión, las amigas padecemos. Nos hartamos y no estamos seguras de a quién habría que retorcerle el pescuezo primero, si a él o a ella, pero terminamos por pensar que a ella, porque al menos él no nos habla por teléfono.

Finalmente, un día que parece «de pronto» ella se levanta sana, y se pregunta con cierta vergüenza cómo le pasó. Algunas se toman el trabajo de odiarlo y otras se odian a sí mismas. Tareas inútiles las dos, porque para los amores piojosos, lo único posible es ¡peine fino!