
A VECES ALGO SALE MAL
En una época completaba mis ingresos dando charlas de humor adonde me llamaran. Un día llegaron tres señoras muy animosas, querían una charla en Provincia como parte del homenaje a unos médicos que iban a ser condecorados por algo.
Tarde entendí que ese algo eran las bodas de platino con su profesión.
Por tarde quiero decir: arriba del escenario, y mirando a mi público. Sin ofensas, pero creo que no había ninguno que se sostuviera solo sobre sus pies.
Allí estaba yo, convocada para dar una charla de humor.
Presidía el acto un decano despistado encargado de premiarlos, y aumentaba el malestar general la multitud de choznietos que se había reunido para la ceremonia. ¿Qué hacía yo allí, por el amor de Dios?
Cuando el último de los viejitos se llevó la cucarda, el señor decano se olvidó de mi presencia y anunció el final del acto. El pánico cundió entre las damas invitantes, que a duras penas alcanzaron el micrófono para comunicar -ya derrotadas- que “a continuación hablaría Cristina Wargon”. Omitieron decir de qué, sobre qué y por qué, cosa que yo también había olvidado pero, a esta altura, a nadie le importaba un carajo. En el salón ya había comenzado un dificultoso desplazamiento geriátrico aunque, tratándose de personas bien educadas, los familiares atajaron a los ancianitos como pudieron para que “escucharan”.
El decano, que se había distraído, insistía eufórico: “¡Y ahora, a brindar!”. Los viejitos, aunque desmemoriados, sabían que siempre es mejor una buena copa de champagne que una mina que les hable pavadas. Y comenzaron a luchar ferozmente por llegar a las mesas, mientras sus familiares luchaban por sujetarlos y, en ese clima, comenzó mi conferencia.
Obnubilación y angustia.
Sólo me ha quedado la sensación de estremecimiento y espanto. ¿Cómo descerrajar un chiste de actualidad cuando mis espectadores apenas si recordaban vagamente a Irigoyen? ¿Debía improvisar algo sobre Irigoyen? ¿Y si me lo confundía con Alem..? Con la mano izquierda tiré las primeras cuatro páginas con los chistes políticos de mi conferencia, mientras con la derecha, con el pulso temblequeante, trataba de enganchar algo que le interesara a alguien. Desde el hígado me subía bilis hacia la glotis. Haciendo de tripas corazón, agarré el micrófono y cuando dije: “Buenas noches”, alguien dio una orden misteriosa y se abrieron a mis espaldas todas las puertas. Desde allí desembarcaron cinco mozos de blanco con grandes bandejas de plata cargadas de sandwiches. Dándose cuenta de la situación, se frenaron en el aire. Podía sentir sus alientos en mi nuca, y -lo que era infinitamente peor-, podía ver como toda la concurrencia atendía sólo a los triples de jamón y queso.
Los niños, quienes siempre colaboran para arruinar aún más una situación caótica, se largaron a llorar al grito de: “¡Quiero comer!”; los abuelos lagrimeaban junto a ellos –nunca sabré si por la emoción o por el hambre- y la generación intermedia me observaba con expresión asesina. Creo que dije: “Buenas noches, los felicito”, y huí. Fue la conferencia más breve y vergonzante de mi carrera. Debería haberles devuelto el cachet. Pero me lo guardé para reconfortarme del disgusto y porque, después de todo, con el tiempo, alguien se habrá reído, sino de mi conferencia, al menos de mí.
