EL CHAPO ESTANISLAO
Por Alejandro El Mínimo

Cuando volvió del Uritorco, casi no reconoció su querencia. Estancia Old estaba transformada. La poca gente que había en la calle acaparaba lo necesario para sobrevivir: Fernet, Manaos, criollitos, yerba. Alarmado se dirigió a la peluquería, que era como la SIDE del pueblo. Allí se enteró de que el intendente era el jefe del cartel de la Pritty adulterada. La bebida energética estaba haciendo estragos en la juventud de Tanti, Cosquín y otras comunas vecinas.
A Estanislao le costaba imaginarse al intendente como un líder narco, si bien admitía que había cambiado la Pelopincho este último verano.
– Salió en internet- sentenció Elsa, la peluquera.
Sacó de prepo al cuis, que quería hacerse un alisado, y a Ernestina, que pedía las uñas esculpidas, y se fue a la comuna. El consejo de seguridad estaba reunido: el bombero, el jefe de policía con el cabo, y un caniche antidisturbios con muy mal carácter. Todos los ojos se posaron en él, y empezaron a cuchichear. De pronto comenzó el bombardeo: triángulos, rompeportones y cañitas voladoras caían sobre el techo de chapa. En lo más intenso de las explosiones llegó el Tren de la Alegría blindado de Carlos Paz, de él descendieron dos minions con casco y un hombre araña. Democráticamente, el consejo señaló a Estanislao. Nada pudieron hacer por él, el cuis, la lagartija y el caniche entrenado.
Con poco, la industria de la verdad comenzó a funcionar. Hasta el mismísimo gaucho dudó de sí cuando se vió en imágenes de I.A. viajando en yate, bañándose en mares turquesas, recorriendo su zoológico privado, rodeado de estrellas de la farándula y otros clichés de Netflix.
Hoy por hoy, en una ciudad fría y nevada, espera junto a otro presidente un indulto. Porque un vaso de agua y un indulto no se le niegan a nadie.
