
OJO CON LA MANSITA
Por Viviana Sgavetti
Ustedes conocen mi terrible tendencia a agarrármela con la especie semi humana conocida como hombres. Sigo igual, no se ilusionen.
Veamos. La gente va y se casa, generalmente con ganas de hacerlo, por lo menos el 50% de ambos. Viven juntos, tienen cría, casa, tal vez auto y vacaciones, trabajos y otras yerbas. Y un día, ¡hup! Se terminó el amor, por sintetizar una serie de situaciones que diferencian en cientos de tonalidades las circunstancias del caso. Bueno, capaz que el amor no se terminó, pero lo cierto es que el matrimonio sí. Y ahí es donde quería llegar.
Miriam siempre fue una mina piola, ponele. Laburaba, se ocupaba de los chicos, se hacía la boluda cuando había alguna sospecha de cuernos, reaccionaba moderadamente cuando Sergio se ponía en pedo en una fiesta o se hacía el langa con otra, consensuaba tranquilamente las cuestiones de guita, cocinaba rico, etc. Por lo tanto, Sergio no lo pensó demasiado a la hora de manifestar sus deseos de divorciarse, esperando una charla civilizada, alguna lagrimita y ya.
Y bueno, fue más o menos así. Hubo la charla, la valija y a lo del amigo del alma hasta que se pudiera blanquear el nuevo romance. Porque esa es casi infalible, SIEMPRE hay otra. Nosotras también nos enamoramos de otros, no digo que no suceda, pero ellos ni siquiera saben si están enamorados, con que estén calientes es suficiente.
Las minas nos vamos porque nos hartaron hasta lo indecible, porque no le aguantamos sus taras, porque, como dijo magistralmente Kathleen Turner a Michael Douglas en “La guerra de los Roses”, “ya no soporto ni el ruido que hacés al masticar”. Y para cuando nos vamos, ya tenemos hasta las cortinas colgadas en el nuevo hogar.
Hasta acá lo que todos pensamos que sucede. Pero en el interior de Miriam comienza a hervir una caldera que se va alimentando diariamente con rencores no expresados, con carteras no compradas, con olvidos no reparados. Por no mencionar los llamados de las mujeres de los amigos de Sergio, que deslizan cuidadosa pero arteramente comentarios acerca de la posible existencia de otra.
En realidad a Miriam le chupa un huevo que Sergio tenga otra. Lo que no tolera es que se haga el banana simplemente porque hay otra pelandruna que le da bola. Y es cuando rompe el hervor. Vacía el placard, la cuenta de banco, vende el auto, sale sola y tarde (a veces sólo va al cine o a tomar un vino a lo de alguna amiga, pero sabe que los chicos se lo van a contar). Le avisa a Mario que Sergio lo cagó con aquella sociedad, a Estela que la pulsera que le regaló ni es de oro ni nueva, a la mamita de Sergio lo mal que su nene le hablaba de ella.
Y el golpe final son las tarjetas de crédito. Se compra todo lo que se enchufe (sí, eso también) sea de seda o huela lindo, pero sobre todo, que sea caro e inútil. Subalquila la casa con la inmobiliaria del amigo de Sergio que siempre le hacía ojitos, les alquila a los chicos un departamento, y ella se compra con un crédito otro auto y otro departamento.
Hace un asado de despedida pero no compra leña, usa los trofeos de Sergio de cuando jugaba al fulbito, los guantes de box de Nicolino Locche que él atesoraba, la servilleta firmada por el Burrito Ortega, la colección de El Gráfico completa, y todo lo que encuentre a su paso.
Sergio se enterará que es pobre mucho después, cuando ya sea imposible de revertir, y vea en sus hijos una mirada de entre lástima y desprecio por lo mal que te portaste con mamá.
No la provoquen porque es la única que sabe que tienen hongos en los pies, que la pelada les huele, que eructan como orangutanes… y los códigos de seguridad de toda la guita.
Cierro con una frase cuasi bíblica: Una mujer despechada es una fuerza de la Naturaleza. Y no quieran averiguar su capacidad de daño.
