DERECHO DE ADMISIÓN

Por Claudia Baier

Ella no pierde la esperanza de relacionarse con un sujeto varón para vínculo sexo afectivo. Pero ya le pesan los años y la baja de estrógenos, que le han dado experiencias, juanetes, presbicia y una furibunda intolerancia y no a la lactosa precisamente. Ampliaremos.

Le recomendaron Tinder, pero jamás se anotó porque se imagina en ese reducto virtual, como una lata de tomate en oferta en una góndola.

Es más alta que la media, asique requiere compañero de al menos la misma talla. Característica que ralea en el mercado del usado y la muestra se achica.

Todavía es capaz de dejarse seducir por un petiso con buena charla, pero los altos la pueden, por más hijos de puta que resulten luego.

Es consciente que la cajita feliz completa con todas sus preferencias no existe. Pero hay un rasgo que no puede tolerar por más que cumpla sobradamente con todo el resto: que el sujeto sea facho, o peor, un facho pobre, desclasado, votante de la derecha ajustadora.

Esta tirria casi incontrolable se agigantó desde que se siente gobernada por alguien que es más malo que la peste y que ni siquiera se preocupa por disimular. Un alienado que se florea orondo, enarbolando su maldad y desprecio por el país y su gente. Ergo, los votantes de esta cosa, se le vuelven incomprensibles, intragables, de contacto inviable, ni siquiera para hablar del clima.

Se siente extremista. Sabe que está mal. Pero no lo puede evitar. No les perdona que hayan legitimado con el voto esta pesadilla.

Cuando una relación se vuelve inminente y le viene dando tilde verde a todos los ítems que le interesan, feliz de estar a punto de lograrlo, cuando llega la pregunta difícil, “a quién votaste”, se le derrumba estrepitosamente la ilusión, le adosa una cruz roja gigante y se le seca hasta el lagrimal, por más que el fulano tenga el fenotipo de George Clooney.

Este desgobierno, al que ella insiste en denominar tragedia nacional, le ha despertado la urgencia de militar. No se pierde ninguna marcha de protesta,  jubilados, discas, estatales, docentes, personal de la salud, endeudados, disidentes sexuales, tacheros, mascoteros, cuidacoches, repartidores, lo que dé. Y ahí aprovecha a gritar alguna consigna y cantar las canciones que se sabe a modo de desahogo y catarsis. Se pone cerca de los bombos y trompetas para aturdirse y ensayar algún paso. Hay sindicatos con buenas bandas. Pero lo que más busca es sentirse en comunidad, y un rato a resguardo de la ignominia y la crueldad que propina a diario esta nefasta conducción que no supo conseguir. Además es un buen lugar para conocer gente.

No así la cola del supermercado. Cuando surge alguna charla con señor interesante que lleva salchichas y alcohol en su carrito, se va muy rápido todo a la mierda cuando aquél emite “hay que darle tiempo”, o “lo vuelvo a votar con tal que no vuelvan los otros”. Mientras ella hace contorsiones para aguantar la náusea, simulando ver precios de pastillas menthoplus y chicles.

El satanás con banda presidencial y su conducta violenta y despiadada también la empujaron a completar  la ficha de afiliación al principal partido opositor. En ese proceso se descubrió charlando animosamente con un compañero esperando por lo mismo. Es por acá, se dijo. (Hasta que baje la vista y descubra que lleva crocs con medias, hay que ver si le pone tilde verde…)