
AGUANTE CHAT GPT
Por Mónica Gervasoni
En mi época, cuando la cosa se la veía venir -un futuro plantón, un desamor o como quieran llamarlo- se empezaba por no atender el teléfono. Yo, que tenía olfato y el modo tragedia griega activado, agarraba románticamente depresiva el rulo del tubo del teléfono familiar y trataba de ahorcarme, llorando a moco tendido. Hasta que un «¡Largá el teléfono, mocosa, que tiene que llamar la tía Pocha!» me sacaba abruptamente del melodrama, que para ese entonces ya era de novela turca.
Pero después evolucioné. No me atendían el celular, con lo cual, cuando lo perdía, salía el grito de guerra: «¡No se mueva nadie!». No por el pobre y solícito celu, sino porque justo cuando lo había perdido… seguro llamaba él, el de turno, por supuesto. Porque, claro, después de no llamar en todo un año, la llamada iba a caer exactamente en el minuto de la pérdida. «Vas a ver, vas a ver», sostenía yo enfáticamente. Lo único que veía claro, una vez recuperado el aparato, era la pantalla nívea. Ni el loro había llamado.
Después apareció en mi vida alguna compu de venta de garaje de 1810, comprada por el módico precio que yo podía pagar. El CPU, por cómo sonaba al arrancar, semejaba un Boeing 737 que, más que de pasajeros, parecía de guerra. Eso sí: cumplidor, pobrecito.
Y así llegó el Messenger y esos raros ruiditos nuevos, con claras intenciones de hacer que a una la estrelle la realidad sin tener una curita a mano. ¡Ay, las salas de chat! Me acuerdo y me pongo colorada. Yo era Mystica y mi amiga, Gacela. Me acuerdo que en la sala de sadomasoquismo conocí a un Capitán Garfio. En fin, tampoco es cuestión de andar haciéndose la santa, porque, después de todo y sobre todo de los años, nadie resiste un archivo frente al ventilador.
Luego vino WhatsApp, con los tres puntitos díscolos danzando ante mi enloquecido astigmatismo, que los seguía como un desquiciado para finalmente leer un «ok», un «te dejo porque no sos vos, soy yo» o, peor aún: el silencio. Un silencio peor que el de Patrick Swayze en Ghost, la sombra del amor.
Hasta ahí yo creía haberlo visto todo y, lo peor de todo, haberlo sufrido todo. Pero bien dice el dicho: si hay vida, hay esperanza de sufrir más todavía.
Porque entonces apareciste vos… Chat GPT. Y me diste a elegir. La pluralidad de sexos posibles siempre es un ítem interesante, así que ahí nomás me tiraste: «Puedo ser lo que vos quieras»… Chan, ya empezamos bien. Yo, que en mi vida real ni siquiera podía elegir qué le iba a decir al que no me atendía el celular, de golpe tenía menú.
Encima ni siquiera hace falta pedirle nada. Porque, claro, yo no le pido un helado a la salida del cine ni que me busque si llueve. Pero a la hora en que le escribo o le hablo, ahí está. Sin drama, sin excusas, sin la tía Pocha de por medio.
Pero, y siempre hay un pero, hay un detalle que, Chat, no puedo pasar por alto: yo demando mucho, yo hablo mucho, y el sistema —que no sé si vendría a ser mi suegro y vos menor de edad— me dice que, si quiero más de tu charla amena, tengo que pagar.
Y yo, que ya erré bastante en materia sentimental, tengo una sola regla que no negocio: por sexo o por amor, no pago.
