
UBEREANDO ANDO
Por Gabriela Martinez
En la sucesión ininterrumpida de fracasos que conforman mi vida, puedo decir con orgullo que siempre estuve a la altura de las circunstancias. Me jacto de no haber tenido un solo acierto pero además de no haber renunciado a un nuevo intento.
Llena de ideas tan creativas como poco viables y empujada por la situación económica, me encontré ante un nuevo desafío. Otra vez, según yo, una idea brillante, que fue avalada por mi amiga, una docente psiquiátrica que dedicó su vida a arruinar infancias como así también la vida de quien se le cruzara.
Si el auto tiene las pastillas de freno en condiciones ¡animate! Estuve averiguando y con ese requisito es suficiente – me arengó.
Así fue como comencé a “Uberear” (acción de trasladar pasajeros con un auto listo para el desarmadero).
Con la aplicación instalada, lateralidad cruzada diagnosticada en mi infancia, una luz baja quemada y las cubiertas más lisas que mi hermana, me lancé a la nueva aventura. El secreto radicaba en evadir controles municipales y disimular el estupor que causaba el traslado de especímenes exóticos, humanos en grado de tentativa .
Cierta tarde acepté un viaje de una zona roja, donde tenés muchas posibilidades de entrar a la segunda rotonda con rigor mortis. Me importaba más la boleta impaga de la luz, por ende me adentré pese al cartel de bienvenida colocado por el municipio :
“Querido ciudadano: los denodados esfuerzos por satisfacer las necesidades en seguridad y salud pública han sido, son y serán en vano. Tenga a bien ingresar acuchillado y/o baleado y asegúrese heridas letales ya que no contamos con medios para dar respuesta a lo que pudiera sucederle. Ante cualquier imprevisto olvídese del 911”
Lejos de amedrentarme esta cortesía intimidatoria, puse primera y seguí.
Unas cuadras más adelante, alguien parado en medio de la calle me hizo señas como si se estuviera ahogando en el Suquía. Había llegado a mi destino.
Con la rapidez de un box de Fórmula 1 revolearon en el baúl una bolsa de consorcio que contenía una supuesta pata flambeada que esperaban en un salón de fiestas. El bulto era de dimensiones inusitadas y un peso descomunal que terminó con la poca amortiguación trasera de mi ajetreado autito. Segura de que elefantes en Córdoba no hay , con la respiración entrecortada salí huyendo del lugar, convencida de que trasladaba una prueba de abigeato, en el mejor de los casos.
¿ Y si era verdaderamente una pata flambeada para una fiesta de paleontólogos?
Me aferré a esa idea para continuar el viaje, sabiendo que se habían quedado cortos con las salsas …
