ELLA O YO.

Por Mónica Gervasoni

Convivir con una gata es descubrir que una no manda en su propia casa.

Si convivir con un gato macho puede tener los matices de una experiencia religiosa, porque cada vez que lo desobedecés te castiga como si hubieras cometido un pecado y no te absuelve ni rezando diez padrenuestros, convivir con una gata es descubrir una verdad mucho más dolorosa: una no manda en su propia casa.

La mía, por ejemplo, tiene una memoria que yo envidio.

Ella recuerda perfectamente que es descendiente directa de los felinos adorados en el Antiguo Egipto. Y andá a sacárselo de la cabeza.

De nada sirve explicarle que pasaron miles de años. No importa que esté durmiendo sobre un sillón comprado con Ahora 12. En algún lugar, entre su ADN y sus pulgas, todavía siente que alguien le tiene que rendir pleitesía.

Y adivinen cuál es la primera persona que ve apenas abre un ojo, libre de lagañas.

Sí.

Yo.

Además, dormimos juntas.

No sé cómo explicarlo sin que parezca que perdí completamente la autoridad sobre mi vida.

El primer miau de la criaturita ante la que una cae rendida no es un miau.

Es la primera orden directa:  —Traeme leche.

Y yo, que evidentemente nací sin el mínimo instinto de supervivencia, encima le puse un nombre acorde a su ego: Princesa Leia.

Juro que lo pienso y me río. ¿Qué esperaba, Dios mío?

¿Que una princesa felina con ancestros faraónicos aceptara órdenes de una humana que apenas logra recordar dónde dejó los lentes para escribir esta nota?

Obviamente, no.

Porque, insisto, los gatos tienen mucha memoria. Ni hablar de la mía.

Ella no olvida lo que automáticamente convierte en una ofensa cada vez que no interpreto una orden directa.

Y ahí mi piel recibe una notificación urgente: ella no levanta la pata. No, señor.

Levanta las uñas. Ay…

Entonces recuerdo que estoy viviendo con alguien que, evidentemente, en otra vida tuvo súbditos.

Porque ahora comparto mi casa con Princesa Leia.

Una gata con más ínfulas que pelos en el lomo.

Claro. Gata. No gato.

La señora no tiene subsidio al gato, por lo tanto no colabora con el alquiler, las expensas ni internet. No paga su comida, no compra sus piedritas sanitarias y mucho menos abona el servicio de limpieza de su baño.

Sin embargo, logró convencerme de algo:

La reina de la casa no soy yo.

Ella es la monarca.

Yo soy su servidumbre.

Y encima tengo que estar agradecida de que me permita vivir con ella.

Ergo, convivir con esta peluda tiene una consecuencia inesperada:

Mi mala memoria recuerda perfectamente que yo sola me meto en estos líos.

Aunque pensándolo bien… no sé si necesito Memorex.

Necesito un abogado que me ayude a recuperar la tenencia de mi propia casa y le explique a Princesa Leia que, en teoría, la dueña sigo siendo yo.