«¿A MI EDAD?»

Por Mónica Gervasoni
Me lo pregunté primero a solas: ¿A mi edad? Como no me conformó la respuesta, se lo pregunté a mi mejor amiga: ¿Te parece, a mi edad? Tampoco hubo caso. Terminé abriendo el debate en el grupo de WhatsApp de las chicas. Convengamos que la menor del grupo soy yo, con 59 años. De ahí para arriba.
Las más grandes se sonrojaron y me hablaron con tutela y reserva. Las más pares me lo escupieron sin anestesia: «Moni, tirate a la pileta». Y un buen día me tiré, a lo macha y sin salvavidas. Decidida a todo o nada —sí, la edad me volvió un poco extremista—, me senté a intentar con la IA y a aprender a promptear.
Ya de entrada estaba en problemas con el verbo, que según los entendidos es el término técnico para darle órdenes. Chupate esa mandarina. A mí «promptear» me sonaba a desgraciarse en público; una flatulencia inoportuna de esas de «Es la primera vez que me pasa, te lo juro».
Aunque tenga mis años, la previa es la previa. El corazón me iba a mil. Me senté para mi primer mano a mano con la máquina. No, ¿ves? Primera metida de pata: no es «la máquina», es la IA. Hay que cuidar los términos si una quiere estar a la altura del futuro y de la inteligencia artificial, claro está. Y ahí nomás, la paranoia. ¡Mi paranoia! ¿Me habrá escuchado? ¿Se habrá enojado? ¿Las inteligencias artificiales se ofenden? Y ni siquiera había enchufado la compu.
Cuando por fin arrancó la cosa, el cursor titilaba con una frialdad de juzgado. Y encima mi mouse, que es viejo, a la vieja usanza tiene cable y padece un Parkinson considerable, se movía por voluntad propia. No ayudaba mucho, que digamos.
Con algunos años de coqueteo encima —y a la vejez viruela— yo no sabía por dónde entrarle. Me asaltaron las dudas existenciales antes del debut: ¿La IA es ella, es él? ¿Es chongo, chonga, bi, tri, hetero? ¿Tendré que tratarla como a mi exmarido? Es decir: ¿Arranco con confianza cero o me vuelvo una confianzuda total? ¿Se le habla de usted? ¿Se la trata como a un técnico de Cablevisión o como a un pretendiente por carta?
Para tranquilizarme pensaba: «Bueno, total no me ve». Pero por las dudas dejé solo el velador prendido. No vaya a ser cosa que me enfoque, porque la compu tiene camarita y yo a estas alturas ya no sé qué abarca el satélite.
Ante la duda, me ganó la educación de clase media:
«Hola, buenas tardes. Disculpe la molestia…».
¿Ridícula yo? No… nah… bueno, sí.
