«PSICOANALIZANDO EL MUNDIAL»

Por Liz Marino
A Betty no le interesa demasiado el fútbol. Ella quería ser psicóloga. No pudo, pero aprende mucho del tema por Youtube.
Por eso aprovecha cada Mundial: en esos pocos días actualiza información sobre el estado psicológico de cada uno en su familia.
Betty observa a los suyos con ojo clínico.
Empecemos por su marido:
Alfredo es un buen hombre, aunque algo falto de método. Sólo se levanta si Betty lo despierta, cambia de trabajo cada seis meses y se desplaza por la casa adormecido, convencido de que no existe un ser humano más agotado que él. Deja el dentífrico destapado, come queso sin sacarlo de la bolsa y se pone la joguineta al revés. Betty lo hubiera mandado al carajo hace rato si no fuera que están juntos hace 29 años, que ya está acostumbrada, y que hacer cambios a esta altura se le complica.
Sin embargo, antes de cada partido de Argentina, su Alfredo es otro: madruga, se introduce solemne en su “camiseta titular Selección Argentina 26 original”, de Adidas, talle XXL, por la que se endeudó en 24 cuotas. Cuando encima se peina, Betty apenas lo reconoce. Después, desayuna pensativo. Y al rato arremete: reacomoda los sillones del living, repasa con un paño el televisor, prepara mate, termo, bebidas, bandeja. Estudia dónde ubicar su silloncito con la precisión de quien debiera calcular un lanzamiento a Marte, y tras varios minutos de medición se ubica satisfecho en su lugar exacto: casi adentro de la tele. También surge su amor por el detalle: deja en minuciosa penumbra el comedor.
A Betty le queda claro: Alfredo sabe esmerarse y ama la exactitud, sólo que no para todas las cosas.
Sin embargo, esta concentrada sutileza se le va a la mierda en cuanto empieza a jugar Argentina.
Mientras espía los partidos, Betty estudia a su marido. En cada buena jugada, Alfredo salta de su silla y le habla, afiebrado, a los jugadores: a Messi, a Lautaro … está seguro de que lo escuchan. Si en cambio hay un pifie de los nuestros, Alfredo queda petrificado y cambia de color, virando a un rojo bermellón intenso. También respira menos. Betty tiene siempre a mano el tensiómetro y la credencial de Osecac.
Después están sus hijos.
Matías -su pequeña bestia de 16 años-, ya estabilizó sus costumbres. No duerme antes de las 4.30 por pelotudear en las redes, amanece aturdido y como un zombie deambula por la cocina, deglutiendo todo a su paso. Llega tarde a clases y jamás Betty lo ha visto leer absolutamente nada. Sin embargo, por estos días Matías cambia. El día previo a Argentina-Austria se va dormir a las 21 para estar “con pilas” al siguiente día (algo que jamás probó para ir a clases). A las 7 está en pie, desayuna frugalmente, entra a los diarios, analiza comentarios preliminares. Luego informa que faltará a clases porque debe “concentrarse para el partido”. Tal y como si tuviera que jugar. Cuatro horas antes del pitido inicial, está instalado contra la Smart TV, soportando estoico el riesgo de electrocutarse.
Betty también observa cómo su hija Vicky -vegana intolerante-, en el instante en que Messi erra el penal contra Austria se engulle doscientos de salchichón primavera con la mano.
Y el pequeño Nico -niño tranquilo y observador-, durante el Mundial muta a pendejo compulsivo traficante de figuritas. Una fiera. Betty teme que en un mes pueda quedarse sin amigos.
Incluso el vago de su cuñado Rubén -que merodea por los ambientes desde que Susy lo rajó de casa-, que nunca pagó nada porque el laburo no es lo suyo, el día del partido madruga, sale raudo en ojotas y medias, y vuelve con dos docenas de figazzas y tres de facturas, que se engullarán entre todos. Betty sospecha: acá hay dinero sucio, ¿en qué anda? Pasado el Mundial tendrá que averiguar…
Así, en estos días Betty viene constatando que está a cargo de un grupo bipolar que más debiera estar internado, que en casa y a su cargo.
Y encima está su pobre suegra, Mabel, que está grande y anda desorientada. Nunca pudo entender el VAR, y confunde a Betty: cuando desde su silla bracea desesperada, Betty no sabe si está diciendo ¡¡¡eso era gol!!! o que quiere hacer pis, o que ya se hizo.
Betty recuerda: Cuando en el Mundial de Catar Argentina perdió contra Arabia Saudita, vinieron días oscuros. Matías no rindió física y se quedó sin uñas, sólo miraba un punto fijo en el horizonte. Su marido tuvo presión alta pero comía maní salado todo el día. Y su cuñado Rubén no fue a su primer y única entrevista de trabajo porque no paraba de llorar, con mocos.
Entonces Betty hizo lo que pudo: rezar. Rogó que se remonte esa catástrofe familiar en el siguiente partido.
Y Dios -que suele apiadarse de las amas de casa de familias grandes-, la escuchó: unos partidos más tarde Argentina fue campeón. Y todos en su casa parecían drogados. Su marido daba besos de lengua a la pantalla, Rubén salió a la calle en calzones y gorro de arlequino, la abuela braceaba maquillada de celeste, y los varones -que viven puteándose- se abrazaban llorando, sin consuelo.
La alegría demencial, el fanatismo ciego, la obsesión enfermiza y hasta la depresión suicida son los estados de ánimo que se repiten en casa de Betty en cada Mundial. Betty se la banca: no quiere asesinar a nadie, mal o bien son su familia y pasado el Mundial, quizás, lo lamentaría, ni quiere a nadie internado, sobre todo porque ella misma debería cuidarlo.
¡Ojalá este año Argentina gane!- se ilusiona Betty… Por las dudas, este año se fue equipando: alquiló un desfibrilador y forró discretamente con pañales el silloncito de su suegra, que es tan coqueta.
Por su instinto maternal, Betty sabe que siempre será así: en cada Mundial su familia estará en plena regresión. Deberá contener a todos en sus emociones extremas.
Sólo se alegra de no tener que hacerles upa.
