«LO MILENARISTAS DE LA PELOTA»

Por Viviana Sgavetti

Hace tiempo, mucho, incluso creo que yo no había nacido, hubo en el mundo una corriente de pensamiento que sostenía que llegado el año 1000, se terminaba. ¿Qué se terminaba? La vida en la Tierra, la comida, la luz solar, las ganas de reproducirse, no sé, todo. Y lo mismo pasó cuando nos llegó el tan temido año 2000. Después entendimos que nadie sería tan estúpido para terminar con un negocio tan rentable como tenernos ahí, tercera roca desde el Sol, a fin de seguir registrando en cuánto tiempo nos eliminamos solitos.

Todo esto para anunciarles que en esta parte del planeta, mis queridos, sucede algo parecido, con una ominosa periodicidad: cada cuatro años llega el Campeonato Mundial de Fútbol, y agarrate Catalina que ahí sí se pudre todo.

A mí lo que me fascina es esa foto congelada en que se convierte la ciudad en el momento del partido. Salgo a propósito, de puro renegada, a observar cómo hasta las palomas de los cafés, que día a día se posan con fingida inocencia sobre la mesa para robarnos descaradamente los maníes del copetín, están con el piquito contra la vidriera observando la pantalla gigante del lugar en cuestión, que ya no es un café sino un nido de directores técnicos en potencia, de desaforados en ciernes, de estáticos turistas asustados. Serios profesionales de trajes Armani y gafas RayBan se convierten en bufones blanquicelestes, con esos ridículos gorros de cuatro puntas y una camiseta cubriendo la corbata, lo que, sumado a una expresión mezcla de embrutecimiento y concentración, nos hace temer de si realmente la sucesión del abuelo o el blanqueo de capitales están en buenas manos. ¡¡¡Taxi!!!! ¿Qué te pasa, loca? ¡No me digas que querés conseguir taxi justo cuando se está jugando! Contenete las contracciones, pegate el dedo que se te acaba de salir, ponete un corcho ya sabés dónde pero ni se te ocurra acudir a una guardia hospitalaria en ESE sagrado momento, no sea cosa de que de puro odio te amputen el miembro contrario.

No es para tanto, tampoco. Tiene su coté agradable. Gente que normalmente no se juntaría ni en un naufragio, se une en una pasión común. Y así vemos al que vende esos sospechosos hot dogs en la vereda y al dueño de la financiera abrazados en un grito de gol, o al explotador y al explotado mancomunados en la misma puteada al árbitro que, como seguramente es de Transilvania -porque para conseguir uno neutral ya no saben dónde irse-, ni la va a entender.

Chicas, aguantemos, de última es menos de un mes, calculando que estemos hasta el final, porque es tabú absoluto imaginar otra posibilidad. Hagamos lo nuestro. Convirtamos el hecho de hacer el amor furiosa y diariamente en una cábala infalible, pagar nuestras compras desorbitadas en un bendito recreo de nuestros absurdos comentarios, la ausencia de comidas caseras en la posibilidad de compartir un asado con los otros energúmenos que sí saben qué cosa es el área chica. Celebremos que no hay que llevar a los chicos al colegio porque, aunque insistiéramos, no irían, y total en el colegio tampoco hay nadie, salvo que hayan habilitado el gimnasio como estadio a distancia. Ni hacer trámites, ya que los vencimientos se han corrido tácitamente hacia una fecha razonable y sin césped sintético.

Y seamos justas. Ellos también nos toleran algunas cosillas. En definitiva, el Mundial es cada cuatro años… ¡mientras que la regla es cada 28 días!