«LOS AHORROS DE LA JUBILADA»

Por Alejandro el mínimo
A cada ruptura emocional cada uno reacciona como puede; hay quienes emprenden viajes, otros se zambullen sin saber nadar a las apps de citas, los más conservadores se vuelcan al teatro, están también los que se aventuran al toqueteo de la biodanza… Nuestro Romeo de los espinillos optó por el gimnasio municipal para volverse un gaucho hegemónico y atraer la atención de Jennifer.
A falta de mancuernas y aparatos, Estanislao -enfundado en unas bombachas flúo elastizadas y un poncho de plumas de ganso agazapado haciendo juego-, levanta sandías, melones, baterías en desuso, tomando el suplemento a base de criollitos de hojaldre y pritty, ante la mirada curiosa del cuis y la lagartija.
Mientras pedaleaba en el triciclo fijo, posó sus ojos en el televisor blanco y negro que oficiaba de plasma. Le sorprendió ver al intendente rodeado por periodistas.
“Yo puedo justificar todos mis gastos. Los dólares para el autito me los prestó una jubilada. Si, de acá, del pueblo. ¡Vayan a investigarla a ella!”.
Dicho esto, dio la espalda a los micrófonos y se subió al Cyber Truck Tesla.
Estanislao dejó de pedalear. Había observado ciertos cambios en la conducta de su madre pensionada: el perro estaba más gordo, la vio salir de la pollería con un kilo de alitas, concurría asiduamente a la farmacia… Algo olía mal en Estancia Vieja. ¿Sería posible que su madre sea la prestamista?. El tramontina de la traición pinchaba al Hamlet en alpargatas.
Entró al rancho materno como un refugio.
- Escúcheme madre, yo no la voy a juzgar, pero usted y sus gastos desbocados la ponen en el centro de la tormenta-. La viejita fijó su vista en el piso alisado y meneó la cabeza.
- ¿Pero a qué te referís, abombado?
- Y … mire esos black out que puso en la ventana.
- Es la frazada de malevo-. El perro negro gruñó acostado en el piso.
- ¿Y ese agua que se escucha correr? ¿Se compró una cascada?-.
- Es el flotante que pierde desde que sos chico, perdí la maderita y no corta.
- ¿Pero cómo va a comprar aves de raza, mamita?
- ¿Pero es que no recordás al Aquiles?- El gallo escaso de plumas, rengueando, miró con el ojo sano al gaucho. Estanislao se ahogó en imágenes, cómo no acordarse del ave de riña que lo acompañaba al colegio y lo defendía del bowling de los compañeritos y de la maestra de tercero.
El crepúsculo tiñó los recuerdos. El malevo aulló a las siluetas uniformadas que se dibujaban en la senda.
- Vienen por usté Mamma, pero no les va a ser fácil-.
Aquiles enfocó como un cíclope al milico de la izquierda; el perro sacó pecho y enseñó los colmillos a las sombras naranjas. Estanislao se enredó la frazada en el brazo izquierdo y con el tramontina gastado miró desafiante al milicaje.
No cayó la taba para el brazo derecho de la ley como otros miércoles en la comarca del Bamba.
Parece que aquí la historia tropieza. Algunos le echan la culpa al espíritu rebelde del indio Bamba, que no entiende cómo son los tiempos. Lo cierto es que el malón improvisado cortó, mordió, picoteó, hasta dispersar a la policía.
