CAMBIÁ LA CARA
(Divague)

Por Liz Marino

Últimamente mi marido anda con mala cara, que el laburo, que la inflación, que la política, que su socio…  Así que me cansé y le dije: -“Si querés que sigamos casados, cambiá la cara”.  Aceptó y conseguimos un carólogo, muy piola, nos explicó que para comenzar se elige un modelo y nos recomendó un lugar que tiene una carateca muy surtida, por Balvanera.

Fuimos nomás. La carateca de la entrada nos cayó mal, no hace falta tanto golpe para recibir a la gente, todavía tengo un moretón. Reconozco que tienen bien organizada la mercadería y hay mucho para elegir, tres pisos de exhibidores. Pero ¡qué caras las caras!  Ahí entendí por qué la gente anda por la calle con cara de culo, y hay tanto cara rota aquí y allá.

No podemos gastar eso, le dije, asi que nos llevó al subsuelo, al sector Saldos. Me adaptaré -pensé-, tampoco necesito un Brad Pitt en casa, después hay que atenderlo todo el día mientras se pasea en bata de seda mirándose en los vidrios. Ni loca.

Pero abajo tampoco había gran cosa, en promo muchas caraduras pero eso no queremos, somos gente seria nosotros.

En un canasto de 90% OFF había cada cara que te la regalo… Igualmente nosotros ni regalado queremos algo así, ya sé que a caballo regalado no se le miran los dientes pero, justamente, esas caras ni siquiera tenían dientes que uno tenga que no mirar. Y ojalá fueran de caballos, pero no, parece que de caballos no trabajan. 

Le dije a mi marido: -Vayámonos, acá una no gana para sustos-. Es cierto que nunca ví que nadie gane un mango por los sustos, pero si hubiera alguien seguro no le estarían pagando bien, porque los sueldos están por el piso. Incluso en un rincón del subsuelo nos tropezamos con el sueldo de la carateca, con razón es tan agresiva… 

Estábamos saliendo cuando veo en una repisita, con 95% OFF, una cara bellísima! Me enamoré. ¿Cómo va a estar en oferta con esos ojos, esos dientes y ese bronceado?, les dije. Pero parece que eso no era una cara sino un careta, no funciona sin los accesorios: una 4×4, un Rolex, ropa italiana, un iPhone, y todo eso se vende aparte. Un afano. 

Nos fuimos sin nada. 

Decepcionados, entramos a un Havanna y, cafecito mediante, le dije a mi marido que lo más barato sería usar lo que hay -su cara- pero que habría que coucheársela, un reseteado facial. 

Con tal de no gastar mi marido acepta lo que venga, así que le armé un programa. Lo anoté en “Entrenamiento del Sí Mismo” con un motivador centroamericano -dos horas presencial todos los días-, también en un curso de salsa y merengue tres veces por semana, y le regalé diez sesiones de yoga facial con la japonesa de acá a la vuelta, una buena promo que incluye una limpieza de tintorería que me viene bárbara porque este tapado que tengo está impresentable -ya no lo presento a nadie y encima ni siquiera sabe saludar-.

Aunque mi marido encaró para el carajo el tratamiento, de a poco se fue entusiasmando, espera sus clases de salsa, y está tan copado con la onda Carmen Miranda que ¡empezó a vestirse como ella!.  El otro día al salir se topó con unos vagos que por poco le rompen la cara. Eso hubiera sido bien jodido… ¡era volver a cero! 

Por eso ahora lo estoy yendo a buscar a la salida, las tres veces por semana, pero cuando sube al auto le pido que se cambie, porque tampoco me gusta que entre a nuestro edificio con el turbante con frutas en la cabeza. Nosotros somos del Consejo de Copropietarios.