
CRÓNICAS DE MENDIOLAZA
Por Cristina Wargon
Llegué a Mendiolaza el mismo día que se cerró el país con la pandemia, y acá estoy. Todavía observando, buscando un modo de describirla que sea más que ese chiste que me hacen mis amigos porteños, ¿Mendio qué?, ¿Mediolaza?, ¿Mendicrim?…
Esta crónica va a hablar de mi. Aguanten o cambien de nota, que este número está buenísimo.
Tal vez por la pandemia, o simplemente por los años ¡me caía!. Sí, me caía a repetición, sin preaviso. Ausente de toda elegancia, pero víctima de mis tantos orgullos vanos, siempre me emperré en levantarme sola. Eso alargaba el episodio, prolongaba la tortura y desconcertaba a los bichos de la casa, que me rodeaban atónitos ante mis patéticos gateos. Es fácil inferir que una persona que prefiere arrastrarse dos horas con la panza, tiene otras facetas ridículas.
Ya sé que nunca volveré a ser aquella que era en Buenos Aires (la que se maquillaba para ir a comprar puchos al chino), pero el espectáculo que ha quedado es temible. Uso sombrero para no teñirme las canas, mi sentido de la moda se reduce a lo que manoteo en el placard a oscuras, y todavía tengo mi bolsita de maquillajes de aquel entonces intacta, sencillamente porque ando a cara lavada. Muy al estilo de Mendiolaza, pero aquí todos son jóvenes y bellos. Siempre me pregunto que harán con los viejos…quizás los composten.
Lo cierto es que todo fue empeorando, ya ni siquiera me caía. Lo evitaba quedándome en la cama. La gente sensata lo llama depresión, pero se me puede acusar de cualquier cosa menos de sensata. Fue el momento en que debatí largamente sobre mi muerte, dando órdenes tajantes de imposible cumplimiento: No me cremen porque me va a doler. Pónganme en algún jardín. -Está prohibido por la Municipalidad- respondía mi hija, impávida. -En todo caso comprate una parcela en un cementerio parque-. -¡¡¡Jamás!!!- bramaba yo- ¡Mirá si voy a gastar en algo que no voy a disfrutar con la malaria a la que nos tiene acostumbrados este hijo de puta! -Los muertos son de los vivos- remataba mi hija con cara de Dalai Lama, que le sale muy mal.
Lo cierto es que sobreviví. Mi fórmula fue: una porción de hijos, una pizca de nietos, y mucho de amigos que hicieron el aguante. Pero insisto: Mendiolaza no es para débiles, viejos o depresivos. La naturaleza arrasa con todo. En Mendiolaza hay internas políticas. Hay radio, un canal y un periódico, sólo faltan algunos detalles como el agua, un café o un banco. ¡Qué, bah! Un cajero digamos. Tampoco hay ambulancia. Y esta crónica termina aquí. Si vienen, pasen a visitarme y aplaudan. También nos faltan timbres.
