
ESCUCHAME UNA COSA
Por Silvia Gimenez
Recibí un correo informándome que mi libro estaba disponible para la preventa y que podía empezar a comercializarlo desde ese momento. En el acto armé una especie de anuncio y se lo mandé al grupo de mis amigas más cercanas. Ésas a las que les conozco, y me conocen, absolutamente todo. Las que son hermanas por elección y voluntad. Junto al mensaje, les escribí que era para que me difundieran con sus amigos y conocidos. Dando por sentado, sin necesidad de aclaración, que las muy perras comprarían mi libro. Ahí nomás una de mis hermanas me responde: “Felicitaciones amiga…pero yo soy una muy mal mala lectora” (sic). Y por lo visto también mala escritora. Cuanta adjetivación al cuete.
No respondí nada. Me tomé mi tiempo para respirar y, sobre todo, no olvidarme de veintiocho años de amistad, hasta ahora, ininterrumpida. Una de ellas publicó, como para cambiarle el modo a la charla: “Claro, no le decís nada a Marce porque es la más joven, rubia y buena. Siempre supimos que era tu preferida, ja ja”.
Me debatí unos instantes entre contestar o no. Me decía a mí misma: “Che, mí misma, dejala pasar. No seas tan de mecha corta”. Dicen las malas lenguas que puedo llegar a ser vehemente a la hora de responder cuando algo no es de mi entero agrado.
Pero uno es lo que es, al vicio renegar de eso. Total, que mandé un audio para darle la entonación que pretendía. No sea cosa que por escrito se pudiera interpretar de una manera suavizada y etérea. Quiero aclarar en mi defensa que estuve a punto de mandarla a la c…(casa) de su abuela. Me abstuve porque, en primer lugar, esa noble señora ya falleció hace mil años, y en segundo, no hay que irse tan al carajo que después no se sepa cómo volver.
—Escuchame una cosa, Farinelli (tratarnos por el apellido es la inequívoca señal de que se armó la gorda) —le dije con esa voz de camionero que Dios me ha dado —yo tampoco como alfajores y no por eso he dejado de comprarles a sus hijos cuantas cajas vendieran. Ni tampoco esas pizzas freezadas que son más duras que infancia en África. Cada porquería que han venido en nombre del deporte, viaje de egresados y curros afines, pedí el alias y les hice la transferencia como corresponde.
Así que no me rompas las pelotas. ¿No querés leerlo? Usalo de pisapapeles, regalalo, o pegale una leída… mal no te va a venir.
Creo que, en parte, de eso se trata ser sorora, término tan en auge hoy en día. Una no sólo debiera acompañarse con las palabras, sino también con los hechos. Que el “contá conmigo” signifique algo más que una frase para taza que se regala el día del amigo. Y que el poder decirlo sea casi una obligación. Después de todo, si no nos decimos las cosas entre nosotras…
El asunto es que media hora más tarde me llegó un comprobante de compra. Si, ya sé, fue bajo coacción. De todas formas, misión cumplida.
