
HABLAME DE SOLTAR
Por Claudia Baier
Para no enloquecer, hay que tomarse el acto de mudanza de domicilio, como una depuración y no como resultado de esta puta crisis. Es como hacerle una enema a la casa, para que largue todo lo que no sirve, y lo que sirve también, porque donde te mudás es más chico.
No es lo mismo mudarse a los 30 que a los 60. La evidencia más rotunda es que antes de conseguir cajas y bolsas contenedoras, te comprás una tira de un analgésico potente. Es un trance que exige demasiado, y no podés parar por boludeces.
Una semana antes toca clasificar, para tirar o regalar. En el rubro ropa, por fin te toca deshacerte de los “Esperando el milagro”, que es todo lo que no te anda desde hace más de 20 años. Le dedicás la última mirada nostálgica al pantalón talle 40, y a la bolsa.
Descubrís en el proceso que tenés ocho docenas, entre copas y compoteras. Tan al pedo. Tus esporádicas reuniones sociales apenas llegaban a seis personas, en el mejor de los eventos, y porque nunca tuviste lugar para más gente.
También se produce el milagro de encontrar esas cosas que te volviste loca buscando por años, y que ahora se te ríen en la cara, como destornillador, pilas, un pomo de “La gotita”, rollito de alambre, esa remera con brillitos, blíster de antialérgico, fotos carnet y un analítico.
Es momento de enfrentarse con los regalos de ese ex que jamás acertaba, ni en buen gusto, ni en utilidad, ni en nada, pero ahora salen a la luz después de tenerlos más escondidos que el punto G. Rápido a la bolsa. No te animás ni a describirlos ni a regalarlos.
Fotos de papel perdidas en libros, el primer rulo del hije, remedios vencidos, pegamentos fosilizados, bijouterie que nunca usaste, libros y apuntes de cuando trabajabas, frascos, bolsas, envases de plástico, zapatos y sandalias de taco altísimo, de cuando te podías subir ahí arriba, juguetes de cuando los nietos eran chiquitos y la lista sigue. Toca apretar los dientes y a la bolsa, háblame de soltar!
El vibrador lo tiré hace rato. Se negaba a charlar, ergo, me aburrió.
Igual, cuando entrás a desembalar todo en el departamento nuevo, y ves que irremediablemente seguís cargando con huevadas, te arrepentís de no haber traído el primer rulo del hije, si ocupaba menos lugar que las 78 compoteras!
Embalar es estresante, desembalar otro tanto. Querés huir a fumarte un pucho en la vereda pero no hay tiempo, ya viene el flete, mientras estás desembalando las minucias que trajiste en un viaje en auto prestado.
Acomodás medio al voleo como para hacer lugar para circular. Por eso, puede haber repasadores en el baño o zapatillas en el cajón de los cubiertos. Pero paso a paso. De a poco los melones y tu cabeza se irán acomodando.
Cuando por fin terminás, te tirás a lo estrellita culona en la cama, sintiendo que estás en el podio de un triatlón. Prueba superada. Sos un 10.
Y en mitad de tu primera noche en casita nueva, te despertás sudando y con cara de pánico al recordar que no sacaste el mini canuto de euros del interior de la muñeca que donaste. Y te querés martillar las tetas con el tiernizador de milanesas.
Tranca, seguí torrando a pata suelta. Te espera una palta en su punto para un desayuno de reina, y un mensaje de tu nieto que estrenó celular. Más se perdió en la guerra y en los divorcios. Se te fue un poco la mano con esto de soltar, pero ya va a escampar.
