
LA FAMA ES UNA HISTÉRICA DEPRESIVA
Por Viviana Sgavetti
Agárrense que arranco culta.
“Fama” es un término que se empezó a usar en lengua castellana hace como diez siglos, pero ya venía. Del latín, donde se decía igualito. Y los romanos no sólo se trajeron las estatuas y las aceitunas de Grecia, sino también las palabras. En griego quiere decir hablar, anoticiar, comentar.
O sea, la fama es que hablen. El que quiere fama sueña con que lo conozcan, que comenten de su vida, que lo saluden por la calle, que le pidan autógrafos, y sobre todo, que los ex compañeros de colegio y antiguos vecinos del barrio, se enteren. Porque eso de ser profeta en la tierra de uno es primordial a la hora de la celebridad.
Todo este tema de soñar con la notoriedad, a la luz de los últimos tiempos, me ha despertado un par de reflexiones.
Una es el curioso proceso de aquellos que, en sus primeras apariciones públicas, ruborosos y transpirados, declaran no poder creer lo que están viviendo, que es su sueño hecho realidad, que al fin llegan, que estarán por siempre agradecidos a Zutano y Mengano por la oportunidad que les dieron (aclaración de ex periodista farandulera: Zutano y Mengano jamás son los verdaderos responsables del ingreso a las tapas de revistas, y en caso de ser así, si les dieron algo, seguro incluye alguna clase de acceso carnal). Bien. Van pasando las semanas, los meses, y aquella persona emocionada y agradecida va sufriendo una evidente transformación, casi casi como si hubiera ingerido una extraña droga.
Primero es el pelo: los agarra algún peluquero con ínfulas de ser llamado “estilista” y los transforma de normales en personajes de Dragonball Z, cargando extensiones y apliques que no superarían los detectores de los aeropuertos. Después es la ropa: otro arribista que pasó por una terrible infancia en el barrio por su amor por la bijouterie, se erige en “fashion coach” y le empieza a decir qué ponerse, cuándo ponérselo y cómo ponérselo, sin olvidar mencionar en cada ocasión posible las marcas auspiciantes. A esa altura la droga lleva un tiempo importante en el torrente sanguíneo del otrora humilde, y ya se la va creyendo. La metamorfosis continúa con los dos últimos aditamentos infaltables en la vida del famoso: el cirujano plástico y el agente de prensa. El primero se encarga de que el sujeto termine pareciéndose a Chucky, más los labios de Angelina Jolie y los pómulos de la Esfinge. Y el segundo termina la tarea decidiendo qué decir y a quién, y lo que es peor (y sucede casi siempre a espaldas del protagonista) cuánto se cobra por decirlo.
Y un día, aquel que nos conmoviera con su sencillez, ya no está más, y en su lugar no hay una persona de carne y hueso, sino una diva o divo que sufre crisis nerviosas cuando le preguntan si tiene pareja, o se niega a hablar de éxitos y fracasos, y sale corriendo asustado si lo ven haciendo algo tan común como comer, pasear o bailar…porque, según sus propias palabras, “¡no lo dejan vivir!”
El otro concepto que me intriga es el del mérito. Antes, la fama era el resultado de un largo camino que arrancaba con algún talento particular, sea la actuación, la danza, el canto, el deporte, la escritura, pintura, qué sé yo, algo que destaque. La notoriedad era un bonus que venía casi sin esperarlo, y que se toleraba con serenidad, esperando que con el tiempo se calmaran las aguas y quedara lo importante, aquello por lo que se habían preparado toda la vida. Ahora la fama se ha convertido en un fin en sí misma, en el OBJETIVO DE LOS OBJETIVOS. Basta con ver las entrevistas que hacen en los castings de cualquiera de los realities: todos, sin excepción, manifiestan con un cierto brillo demente en la mirada, que lo único que quieren es ser famosos. Si yo fuera la entrevistadora –y por algo no lo soy- les preguntaría inmediatamente: ¿famoso por qué? Y se quedarían mudos, porque no tienen otra finalidad que esa, la fama. Estar expuestos hasta cuando se ponen un tampón a la vista de todo el mundo durante un par de semanas o, con suerte, meses, y luego, sufrir el acoso de fotógrafos, periodistas y fans. Volver a los orígenes un ratito nada más – si es que la picadora de carne que los contrató se los permite-, tanto como para que degusten por un segundo la tranquilidad que voluntariamente han perdido, y luego… ¡¡¡LA FAMA!!!
Salir medio en pelotas en revistas, cuya calidad dependerá de los contactos del agente de prensa antes mencionado. Acudir a los programas de chimentos a contar el diámetro de los tampones o la calidad de su absorción, porque todos los demás datos la gente ya los tiene, los vio en todo su esplendor y miseria durante días y días. Vivir de las “presencias”, curioso invento que consiste en ir a una disco, un boliche, un restaurant o la pulpería de la esquina, y simplemente eso, “presentarse”. Se pasean por una pasarela saludando, cual aspirante a reina de la vinagreta de berberechos, se sacan fotos con los marmotas que les hacen corro, y se les paga por eso. Y por supuesto, las redes… que los atrapan como su nombre lo indica, porque hasta un cólico debe ser mostrado en Instagram, comentado en Twitter o reseñado por alguna tía vieja en Facebook. Ah, y luego se viralizan los retortijones en el ocurrente Tik Tok. Si por casualidad en su entorno quedó alguien de la antigua vida que los quiera en serio y les advierta que se masca la tragedia, bueno, tal vez se aparten a tiempo con un dinerillo que invertirán en suplir el talento que jamás tuvieron y poner algún negocio medianamente lucrativo, donde las mieles de la fama les sacudirán cada tanto unas gotitas dulces al ser reconocidos por algún memorioso. Pero si no… Volvemos al ser torturado del ítem anterior, que se recluye, que escapa, que se emborracha, se empastilla, cambia de sexo, de pareja, de auto, que vive rodeado de una nube de oportunistas conocidos en mi país como “los amigos del campeón”… y que termina pidiendo a voz en cuello que lo dejen vivir en paz.
¿Qué paz, loco? ¿Esa que tenías cuando no eras famoso y lo único que querías era serlo? No te deprimas, hermano… ¡SOS FAMOSO!
