EL FINAL DEL CAMINO

Por Leonardo Silveira

“Aquí yace Eber García, siempre hizo lo que quiso”.
Sí, ya puedo verlo en mi lápida.
Lamento no haber escuchado las advertencias.
El dolor es tremendo, siento como me desgarra por dentro, siento la sangre salir en borbotones fuera de mis órganos, y el dolor… el dolor que va y viene en olas, y cada ola golpea más fuerte que la anterior, y no hay posición que aligere la pena; y eso que nunca fui ajeno al dolor, pero esto…esto es otro nivel.
– ¡No entres ahí! – me dijeron
-Si lo haces talvez no la cuentes – … y ¡Arrg! Tenían razón.
Pasó demasiado rápido, jamás dudé cuando lo vi acercarse, parecía inofensivo, pero patea como mula en celo, limpio, directo, sin titubeos…y no termina ahí, la agonía se prolonga y parece no acabar nunca… ¡Arrg! Cada espasmo es demoledor, no me deja pensar con claridad, estoy sudando frío, mi ropa está empapada.
Y tengo tanto por hacer aún, sueños, anhelos, pero ¡Ya está! ¡Esto es todo! ¡Es el final para mí!… No puedo más, mis ideas se entremezclan, siento que me desmayo, ¿lograré ver la luz al final del túnel, de la que tanto hablan? Ahí viene otra ola de dolor…
¡Vamos Eber, lucha, no dejes que tu anciana madre te encuentre así!
¡Eres un luchador, incorpórate y pelea, los héroes mueren de pie!
¡Vamos lucha! ¡No seas cagón…levántate… eres mejor que…!
-¡Plop!… ¡Plop!… ¡Plop!

-¡Fiuuuu, por fin!… Así debe sentirse un parto…
¡VIEJA SUSPENDÉ EL LAXANTE, YA HICE!
 Es la última vez que como patitas de chancho en ese antro.