«5×5»

Por Silvia Gimenez

 Dicen que tragedia más tiempo es igual a comedia. Indudablemente no ha pasado el tiempo suficiente como para que pueda tomarme con gracia este asunto. Todo comenzó un sábado por la mañana mientras veíamos a nuestros hijos jugar al fútbol contra un club vecino. Sentadas sobre las gradas compartimos el mate, algo dulce y mil temas de conversación a la vez.  Cada tanto mirábamos cómo los chicos se pasaban la pelota y eufóricas saltábamos ante un gol contra el arco opuesto. Habíamos formado un grupito de cuatro amigas, pero esa mañana sólo estábamos Paula, Mara y yo. Malena, que siempre fue la voz de la razón, faltó al encuentro. Sabrá Dios qué ostia más importante tenía que hacer.

 En reemplazo fue el mamerto de Santiago, su esposo, por supuesto, pegado al alambrado estaba con los otros papás, que arengaban dando indicaciones técnicas a pibitos de nueve años.

De repente, aparecen dos chicas, supusimos que eran mamás de alguno de los chicos del equipo contrario. Llevaban calzas demasiado apretadas para mi gusto, no dejando nada librado a la imaginación y chusmeaban entre sí siempre dirigiendo la mirada hacia nosotras. En eso, una de ellas, con un delineado negro profundo, que le hacía más cara de mal nacida, le dice a la otra:

—No… No creo que se prendan, son minas grandes.

No sé a qué se refería, yo pensaba en prenderme a su yugular.

Paula, que también la escuchó claramente, casi se atraganta con el mate. Si hubieran dicho “tienen cara de tránsfugas, parecen delincuentes”, o “son medio putas” no nos hubiera calado tan hondo el comentario. Mara, abogada de profesión y peleadora de alma, no se iba a quedar con la duda, así que de inmediato giró la cabeza y arremetió:

—¿Somos grandes para qué?

Con fingida ingenuidad, una de ellas, la de calzas animal print, respondió:

 —Ah, estamos hablando de que en dos meses se disputa el torneo «5×5» de las mamis fútbol. Son cinco equipos, obvio, de fútbol 5, obvio, y falta uno.

Alguien que en una oración tan escueta te mete dos obvios al hilo me da mala espina. Pero antes de que pudiéramos ordenar nuestros pensamientos, Mara, sin consultarlo con la almohada o un reumatólogo, respondió con determinación: 

–Obvio que nos anotamos. ¿Dónde hay que inscribirse?

 Escuchamos que había que ingresar a una página web, elegir un nombre y listo.

Desconozco si la envalentonó el hecho de que nuestros hijos ganaran ese encuentro, o que cuando dijo nos anotamos tenía otras jugadoras en mente, pero lo cierto es que en dos minutos Mara había formado un equipo:       

—Listo, ¿qué piensan estas gilas? Nosotras somos cuatro, nos falta una. Le podríamos decir a Pato que sea la DT. La vi jugar varias veces, podría darnos indicaciones.

Pato es la esposa del tipo que tiene la concesión del club. La encargada de cobrar la cuota y comprar las camisetas para los campeonatos. Es cierto que a veces se la ve jugando un picadito, pero de ahí a ser DT, un abismo.

—Alto. Momento. Eso no es lo relevante —dijo Paula incorporándose para darle más seriedad a sus palabras—. ¿Vos te das cuenta que mal que nos pese sí somos minas grandes? Tenemos más de cuarenta.

—Yo lo único que corro es la silla cada vez que me voy a sentar, no sé si me va a dar el zurdo—argumenté para zafar.

 —Son dos tiempos de veinte minutos, por Dios —minimizó Mara mientras succionaba la bombilla procurando no hacer ruido.

No fue tarea sencilla convencer a Malena, bastante indignada quedó por no estar presente al momento de la decisión. Conseguir la quinta nos costó unas galletas de limón glaseadas que preparó Naty.

 Las suplentes nos dieron sus nombres completos y DNI sólo porque juramos por nuestros hijos que siempre estarían en el banco. Creo que secretamente les gustó la idea de ser parte del equipo sin tener que correr, jadear y sudar.

En la primera práctica, Pato tuvo que darnos nociones básicas de reglamento y técnicas; no teníamos ninguna de las dos.

Después hubo que definir posiciones. En el acto, Cecilia, la quinta integrante, se postuló para el arco. Medía cerca de 1.80 de alto por 1.50 de ancho. La movilidad y destreza no eran lo suyo (tampoco lo nuestro), así que con esa impronta pareció lo más adecuado.

 Transcurridos los dos meses llegó el día de demostrar que tanto gambeteo no había sido en vano.

El primer partido nos tocó con «Urca girls«, que de girls tenían poco y nada. Con total tranquilidad hicimos un 2-0.

¿Quién no se da confianza con un debut así? El triunfo no fue gratis; nos dolía todo. Partes de mi cuerpo que no sabía que tenía me hacían ver estrellas.

En el segundo partido, como para bajarnos de un hondazo, nos enfrentamos con «Las Palmas«, equipo al que pertenecían “obvio” y “me delineo como el culo”. Vale aclarar, y no es un detalle mejor, que estábamos a mediados de junio. El frío empezaba a calar los huesos.

 Ese sábado corría un viento tremendo. Fuimos con remeras térmicas y encima las camisetas que nos había diseñado nuestra DT. Abajo el short sobre calzas frizadas que, debo reconocer, usamos más para disimular la celulitis, fofes y estrías que para protegernos del aire gélido.

Hacíamos como que elongábamos, cuando ellas arribaron al campo de juego. En ese preciso instante nos deberíamos haber retirado, fingido un desacuerdo o una apoplejía si era necesario. Lo que resultase más verosímil. No tenían camisetas térmicas, ni calzas, ni pudor.

Mara, sin poder dejar de mirarlas, me dijo:

 —Ah, era esto a lo que le llaman cuerpos tallados.

 Pero eso no fue lo peor, porque quizás lo hubiéramos superado. Poseían una habilidad, un talento para el juego y, por supuesto, quince años menos. Inútilmente tratamos de no dar pena, de no perder por escándalo. En un momento, casi finalizando el primer tiempo, una de ellas le roba la pelota a Malena (bien robada, aclaro), y cae al suelo cual morsa macho después de aparearse.

 —¡Eyyy, eso es falta! —le gritó Mara al referí casi desgañitándose.

 —Falta de estado físico, que largue los criollos —gritó un atrevido desde la tribuna.

Los últimos veinte minutos de escarnio parecieron como veinte siglos. No dolieron tanto los moretones ni el 6-1 como la confirmación de que estamos viejas, al menos para esto.

Acá no “cabió” el ganamos… perdimos, igual nos divertimos. No nos divertimos un carajo.

Como soy positiva por parte de madre, lo único bueno fue que desde entonces somos cinco para compartir las charlas y los mates. Pero mamis fútbol, nunca más.