EL QUE NO LLORA, NO MAMA.

Por Lidia Poggio
Esta semana de controles médicos me dio tema para enriquecer mi desquiciada autobiografía. El miércoles voy al traumatólogo por un indefinible dolor en un costado. Después de una larga espera, el médico me hace pasar… cara de nada, mirada distante, yo le estiro la mano siguiendo las buenas costumbres y, sorprendido, me estira la suya, blanda y vacilante. “¿Por qué me viene a ver?”, “Me duele acá” -le digo-, y le señalo mi costado derecho. Me observa a la distancia y empieza a escribir. “Se va a hacer una radiografía”, dice con voz inocua, insípida e incolora.
Atónita, me pregunto: ¿No me piensa revisar?, ¿al menos mirar a ver si tengo un hematoma o una costilla que se sale por un hueco?. Y si le digo que me bañé… ¿osará posar sus manos inmaculadas sobre mi cuerpo?”.
Nada contenta por la atención, le pregunto: “¿Qué puede ser mi dolor?”. Me mira indolente a través de sus gafas ridículas y me dice: “Probablemente artrosis. Véame cuando tenga la radiografía”. Se pone de pie impaciente y mira el reloj, mientras llama al otro paciente. “Pero-balbuceo-, me van a dar turno en tres meses…”- ¡Y no me escuchó!, ya estaba hablando con la victima siguiente.
Miro rápidamente las paredes de su consultorio, y veo su diploma de médico… ¡del año 2022!. Me dieron ganas de gritarle: ¡Ahh! ¡Usted es médico pero no hizo el doctorado! ¿Y por qué debo llamarle “doctor”? Pero la rebelión de las masas no funciona, y cual triste corderito le digo “Gracias, Doctor”, y me voy con la cabeza inclinada y el ego destrozado. Cuando salgo, arremeto a patadas contra la puerta de SwitMedicus gritando “¡Chantapufi! ¡Andá a hacer el doctorado si querés que te diga doctor! ¡Tocá a tus pacientes que no muerden, maricón!!!”
La gente de seguridad del sanatorio me ingresó a la unidad de psiquiatría, y ahí me atendieron muy bien, me dieron la inyección que me calmó el dolor y hasta me sirvieron la merienda. Finalmente es así: el que no llora… no mama.
