
«DECONTRUCCIÓN»
Por Liz Marino
Benavente llama a los cuarenta empleados a la sala de conferencias de la empresa, sube a la tarima y habla: que son una maravillosa comunidad, que nuestra identidad, que los tiempos han cambiado, que debemos aggiornarnos, “como se dice ahora: deconstruirnos”, y bla bla bla… Nadie entiende con qué carajo saldrá. Y sigue:
– Nuestras jornadas de trabajo siempre empezaron con chistes y cargadas… que el pelado García, que el petiso Guanteri, o el pobre gallego Gamuza, de mantenimiento… Pero, tras las risas, había un lado oscuro. Vimos renunciar al gordo Rossi, perdón, a Héctor Rossi, deprimido por tanto bullying. Y a María Laura Pechetti, tan querida… No queremos que se vuelva a ir de la empresa una operadora tan eficiente sólo por tener senos prominentes -confiesa Benavente con cara de mártir-. Todos miran a Martita, sentada adelante, rolliza y de pechos grandes.
-¡Basta de hablar así!- continúa Benavente- Hoy existen nuevos y mejores códigos y ¡vamos a adaptarnos! Por eso, tengo el gusto de anunciarles el concurso “Mejor Chiste Políticamente Correcto”. ¡A pensar, muchachos y muchachas! Buscamos ese chiste que alegre a todos y no ofenda a nadie. Y como de diversión se trata, el premio será… ¡una semana en Las Vegas, la capital de la diversión! Todo pago para dos personas: el ganador y un compañero del staff que el mismo ganador elija. Los espero la próxima semana, aquí mismo-, cierra triunfante.
A la semana siguiente allí están todos, hay nervios y ganas de ganar. Empieza Chiozza, de administración:
– Eres un fanático de la informática, ¿cierto?
– Y… mouse o menos.
Unos pocos sonríen. Marcos, de Sistemas, se molesta:
– Me parece ofensivo. Se burla de nosotros, sugiere que los de nuestro sector estamos alienados, o somos estúpìdos, que hasta perdimos la facultad de hablar bien. Es humillante.
–Ok, lo tomamos, gracias Marcos. A ver… sigue Martín, de mantenimiento. Martín sube a la tarima:
-Perdone, ¿es éste el ascensor de subida?
– No, he montado otros mejores.
–No me parece bien -opina Eliana, de Recursos humanos-. Muestra una actitud mezquina de una persona hacia otra. El que necesita subir hace una inocente pregunta y recibe una respuesta irónica y de superioridad del otro, que es el “dueño del saber”, el que conoce para dónde van los ascensores. Hay falta de empatía, incita a la falta de solidaridad entre las personas.
–Bueno, bueno -calma Benavente- ¿Vamos con uno más? A ver González, de Ventas. González sonríe:
– Mamá, mamá, hoy casi saco un 10.
– ¡Muy bien Jaimito! pero… ¿por qué casi?
– Porque se lo pusieron a mi compañero de al lado.
-¡Perdón! – reacciona exaltada Alicia, la administrativa. Eso está muy lejos de ser inocente. Incita a la malsana rivalidad, a la avivada y al fraude.
Benavente se resigna: -Que siga Pelucci, de Contaduria-. Y ahí va Pelucci, regordete, feo, acartonado, engominados los tres pelos que tiene y con la camisa abrochada hasta arriba, transpirado aun en invierno. A Benavente siempre le jodieron sus modos algo afeminados, y cómo Pelucci le clava la vista todo el tiempo. Pelucci imposta la voz:
– Mamá, mamá, los spaghetti se están pegando.
– ¡Dejalos que se maten!
–Me parece horrible- interviene Susana-. La madre ordena al hijo ser indiferente ante un conflicto social, e insensible a la violencia. Además, le da un pésimo consejo gastronómico.
Entonces Pelucci tira, envalentonado:
-Si el señor gerente me permite, quisiera proponer un cambio en esa pieza humorística, para limpiarla de toda intención malsana.- Benavente asiente y sigue Pelucci:
-Mamá, mamá, los spaghettis se están pegando
– Agreguemos agua y un chorrito de aceite.
Silencio de varios segundos. Benavente comienza a aplaudir fervientemente.
-¡Excelente Pelucci! ¡Ése es el nuevo espíritu de la empresa!. ¿Tiene alguno más?-
Pelucci está excitado:
–Un señor en un restaurante, encantado con el pollo que le sirven, pregunta al mozo:
– Oiga, ¿Cómo preparan el pollo?
– Nada especial, sólo le decimos que va a morir…
Érica toma el micrófono: -Es intolerable. Se burla de la matanza de animales para su consumo, trivializa la crueldad animal.-
Benavente modera: -Estamos de acuerdo. Pelucci, ¿podrá usted reformularlo? –
–Por supuesto- Pelucci ya se siente imprescindible, hace una pequeña reverencia a su gerente:
Un señor en un restaurante, encantado con el pollo que le sirven, pide:
– Oiga, ¿Cómo preparan el pollo?
– Aguardeme, consultaré con el chef la receta.
Nadie rie, silencio, algunos se retiran, molestos. Benavente transpira, finalmente estalla en aplausos.
-¡Bravo! ¡Es un humor distinto, nuevos códigos necesitan nuevas cabezas! A ver Pelucci, ¿cerramos con otro?- Pelucci soñó con este mometo:
-El otro día la vi a tu hermana, llevaba un tocadiscos
-Ah, la vitrola!
-Sí, yo también, pero no quería decirte nada…
Los que quedaron, se ríen. Benavente interviene, serio:
-Bueno, acá hay un chiste discriminatorio de gays y lesbianas, contrario a la diversidad sexual, ¿no? ¿Cómo mejoramos esto, Pelucci? Pelucci resuelve, orgulloso:
-El otro día la vi a tu hermana, llevaba un tocadiscos
– ¡Ah si!, a mi hermana le gusta la música.
Benavente aplaude, agotado. Los empleados siguen retirándose. Sólo quedan el gerente y Pelucci.
-Bueno Pelucci, parece que el premio es suyo, lo felicito. Faltaría que usted elija la persona del staff con quien compartirá el viaje. Nosotros se lo notificaremos.
Pelucci mira la sala vacía, desconcertado. La vista se fija finalmente en su gerente. Pelucci le sonrie, y le hace una suave caída de ojos.
-Al fin tendré tiempo de charlar tranquilo con usted, señor Benavente, veinte años pasé esperando conocerlo mejor.
Benavente traga saliva: se le viene encima la deconstrucción.
