«NO ME GUSTAN LOS PERROS»

Por Claudia Baier

No me gustan los perros. Sé que con esta declaración me estoy ganando el desprecio de conocidos y extraños y la lapidación en plaza pública. Y que también me estoy perdiendo de conectar con algún posible amor de mi vida, fanático de los canes. ¡Cuánto lo siento!

Tampoco me gustan sus dueños.

Tanto aquél que carga con la bolsita con caca para dejarla en cualquier canasto, caja o recoveco -porque no espera a llegar a su casa con el sorongo a resguardo en su mochila, cartera o bolsillo-, como el que deja los detritus abandonados en cualquier lugar a modo de fertilizante, que nadie pidió.

Más detestable aún es el que los humaniza de manera demencial. ¡Qué es eso de ponerle gorrito, pullover y botitas! O festejarle los cumpleaños con torta, velitas y “amiguitos”.

El perro ya viene con suéter y gorro incorporado, y lo traumás para toda la vida si le ponés zapatos. Está hecho para caminar en patas, casi como los seres humanos.

Quién es más monstruo, yo, que no me banco a los pichichos, o los que les ponen mocasines. Hitler los adoraba hasta el paroxismo, ojota con los fanáticos, siempre.

Los puedo llegar a mirar con cierto cariño y admiración, y hasta se me puede escapar una caricia. Pero no me los llevaría a mi casa, mucho menos los metería en la cama, les pondría un plato en la mesa o los condenaría a vivir en un departamento de 2×2 sin balcón.

Otra humana que no respeto nada, es la que los saca a pasear en carrito de bebé de alta gama, asfixiados de mantitas. Ellos son dos caniches blancos, que en una de las tantas veces en que me los crucé, lograron librarse del peso de las cobijas para asomarse a través de la capota del carrito, y respirar y mirar como clamando ayuda. Espeluznante imagen. ¡Un terapeuta ahí!

El dueño al que le tengo tirria profusa, es al portador de perros asesinos, sí, de esas razas que ya saben. De los que te agarran a un niño y  lo mastican como un chicle sin que se les mueva un pelo. Me obligan a cruzarme de vereda. Qué tanto mal lo pasaste en la vida para andar portando esos criminales de cuatro patas en potencia, y haciendo alarde encima. Sigo ganando amigos.

Garchar en la casa de un mascotero merece unas palabras y un consejo. En uno de esos días de confusión y calentura, me encontraba disfrutando de la cómoda posición misionera, cuando percibo a la altura de mi oreja, el aliento caliente de un ser vivo, babeando y jadeando… ¡a mi ritmo! Sí, el can no se quería perder nada y parecía exigir participación. Así lo interpretó su fanático amo, que en lugar de echarlo con un alpargatazo, lo invitó a subir a su camita de soltero de una plaza. Me deshice como pude de esos dos lunáticos, recolecté mi ropa y me largué pateando tazones de comida y agua. Amigo mascotero, encerrá a tu hijito de cuatro patas en el baño mientras estás con tu chica, son diez minutos a lo sumo, y si te mastica el papel higiénico en ese rato, es porque es un hijo de puta, aceptalo.

Y para que me terminen de odiar los del team perros, vengo a declarar mi respeto por los gatos. Por esa indiferencia que enamora, su independencia casi humana, y ese desprendimiento para la ofrenda amorosa consistente en lauchitas o pajaritos, agonizantes o finaditos. ¡Chapeaux a la familia felina!

Presiento que después de estas líneas tendré pesadillas con Conan, Murray, Milton, Robert y Lucas, ultrajándome por todos mis agujeros para después deglutirme sin dejar ni una pestaña de rastro. Me lo merezco.