
MODERNO, LAS PELOTAS
Por Gabriel Steinberg
Casi 30 años llevaba trabajando cómodo hasta ese maldito día.
Todo ese tiempo pasó compartiendo la oficina con dos personajes hermosos, con la misma locura. Sillón para meter una siesta, horno para ajusticiar algún animalito.
La otra oficina, la de atención al público, estaba a una cuadra. Casi la misma seriedad que una oficina de una telefónica, tienen buena pinta pero nunca resuelven nada.
Obvio que en la nuestra, «la sucu» como le decíamos, hubo días de furia, puteadas y alguna maldad como cerrar la puerta del baño con llave cuando alguno volvía urgido para pishar después de varias horas de calle.
Se jodía, se jugaba, pero con una mirada nos entendíamos más que Borges y Nahuel Pennisi jugando al truco.
Llegó 2020, la pandemia y un gran método de trabajo.
Qué lindo trabajar con una remera planchada, calzones frescos, esos de bragueta abierta que ni siquiera había que cambiarse todos los días, medias y ojotas.
Pasaron unos setecientos días cuando llegó el maldito whatsapp al grupo. VOLVEMOS A LA PRESENCIALIDAD. A partir del lunes. Y en oficina nueva.
De Once a Palermo. Cheto, cheto. Se acabó la buena vida, pasamos de knishes y pastrón a papas fritas en frascos y ojos de bife a las finas hierbas. Lo primero que hice fue salir a buscar una rotisería «normal».
¿La oficina? Departamento super cool, dos tipos en la puerta disfrazados de muñecos de torta, más bien tirando a pasta frola de batata, tres ascensores, cámaras de seguridad y aire acondicionado por todos lados, tenía más pinta de local de electrodomésticos que de oficina.
Pero lo peor no había llegado.
Cuando entré a «mi» oficina, descubrí que no iba a ser «mi» oficina sino «nuestra» oficina. De los seis que somos, cinco íbamos a estar en el mismo ambiente, a no menos de dos metros uno de otro, con una sola ventana y un teléfono fijo más un celular en cada escritorio. ¡¡Hermoso!!
Ya de arranque imaginen cinco personas poniéndose de acuerdo para elegir a qué temperatura poner el aire. Si la ventana va abierta o cerrada. El de más cerca se caga de frío, el de más lejos se ahoga, estornuda uno y nos salpica a todos, más con las secuelas que dejó el Covid, que si el estornudo se repetía dos veces salían barbijos que están en las carteras por lo menos desde hace cuatro años. No sé qué es más contaminante, si los bichos del estornudo o el barbijo que comparte fondo de bolso con monedas, cosméticos, el envase de Off y por qué no con una banana que alguno se trae para la colación de media tarde.
Haré esfuerzos sobrehumanos para no personalizar, pero compartir un espacio tan chico entre tantos debería ser motivo de renuncia con causa, piquete, toma de la institución y cobro de la indemnización correspondiente, incluyendo vacaciones, aguinaldo y daños por ruidos molestos. Porque una cosa es querer escuchar y otra muy distinta es tener que oír.
Hasta auriculares sin enchufar usé para no escuchar el kilombo de todo el día. La música de la computadora tiene un límite que no alcanza para poder superar lo insoportable. Los temas en los que terminás involucrados son diversos. Si el pibe se despertó, si ya sacó al perro, ¿el perro hizo caca? ¿blanda o dura? Hay que agregarle arroz – anoche te lo dije. Organización de salidas con amigas y amigos. Que no te olvides de decirle a Carla, que mejor a Manuel no lo invites porque es hincha pelotas, pero ¿qué pasa si después se entera de que lo dejamos del lado? – Bueno un poco que él se lo ganó, no me importa que se entere.-
-Hola Robert. ¿Qué tenés ganas de comer esta noche, preferís carne o alguna pasta?. Sí, pero no me interesa, mejor tarta de verduras, pero andá haciéndola vos o comprala porque yo llego tarde, hoy tengo la charla del curso de ikebana.
Otro tema es cuando alguno pasa del tinder al audio de whatsapp con algún match que pegó. Nunca escuché tantas mentiras juntas. En fin, ese más que molestarme me da un poco de envidia, por lo menos cada tanto la pone.
Y me dejo para el final la hora del almuerzo, en una mesa para cuatro en que nos sentamos seis. A veces me da miedo que el señor de la rotisería venga y me pegue un cachetazo o me corte al medio con una AK-47.
– Una porción de fideos, pero que estén a punto y el estofado más bien seco, que no sea del lado que tiene mucha grasa.
– Yo quiero un pollo, pero de esa parte que abarca un poco de pata y otro de pechuga, la pechuga más bien jugosa y la pata bien seca, si es la pata del lado izquierdo mejor.
-Yo una carne al horno con papas nomás, pero que la carne no tenga grasa, fijate si puede ser de alguna vaca medio flaca pero que tenga carne, que haya sido alimentada con pasto y no con balanceado.
Podría seguir un rato más con esto, pero el día que le pidieron un flan mixto aclarando un 62% de crema y 38% de dulce de leche, el tipo que con suerte contaba hasta 20 con todos sus dedos, se acordó de mi vieja de un modo insultante.
Empecé a llevarme comida de casa porque a nada le temo más que a la invisible venganza de un cocinero.
En fin, no quiero caer en que todo tiempo pasado fue mejor ni que sólo lo viejo funciona… Pero cómo extraño aquella oficina en la que el problema más grande era cuando en el almuerzo éramos sólo tres y el paquete de salchichas traía diez…
