¡AGARRAME EL EPÍTETO!

Por Viviana Sgavetti

Ser mujer tiene un montón de ventajas.

Ya saltarán las brujas a retrucarme que no, con un rosario interminable de reivindicaciones no logradas aún. Muchachas, a lo que me refiero es a esas antiguas prerrogativas de género que se nos otorgaban por el solo hecho de ser féminas.

Algunas son francamente pavotas, como por ejemplo eso de que se nos obligue a ir del lado de adentro de la calle, donde terminamos siendo reservorio de volantes, sufriendo además por las vidrieras que nos recuerdan dos cosas: que no nos entra y que no podemos comprarlo.

Pero hay una, mis queridas, que tal vez ustedes no perciban, pero es terriblemente poderosa. Hablo concretamente de la impunidad del insulto.

Cuando uno se trenza con un “masculino” en cuestiones de tránsito, no hay que recurrir a los insultos tradicionales respecto a la fidelidad de la pareja, la calidad humana de sus ancestros o el tamaño de sus partes. Lo mejor es atacar en flancos desprotegidos frente a un extraño, sobre todo porque el infractor no espera que aludamos a ellos. Ejemplo: en medio de la maniobra, le arrojamos un “¡Estafador!” o “¡Mal hermano!”. El resultado es que se quedará inquieto, pensando de dónde lo conocemos, o cómo es que nos enteramos que no le pagó a Hugo el arreglo del radiador, o que se quedó con el reloj de oro del viejo pasando por encima de los derechos de su hermanita Graciela. Es infalible, se los aseguro.

La duda y el remordimiento los corroerán durante todo el día …porque cualquiera aguanta que supongan que la legítima anda con el cobrador de la rifa o que crean que los testículos les arrastran en el suelo… pero nadie soportaría que toda la cuadra sepa que no invitamos a Marcela al casamiento de la nena porque no regaló nada cuando la misma nena cumplió los quince, o que nuestra tía abuela Carmen languideció en el geriátrico esperando una visita que se pospuso hasta que la visitamos en el cementerio.

Mientras tanto, nosotras vamos airosas, con la lengua suelta y el pelo al viento, sabedoras de que poseemos un poder maravilloso, que les nubló el día a ellos pero que nos iluminó la jornada a nosotras… ¡Adelante, vengadoras!