EL CASAMIENTO DE CHICHITA

Por Gabriela Martinez

¡Que la torta la haga la Angélica!, gritó mi tía Chichita con la voz entrecortada, culpa de un pedazo de criollo indeciso que no terminaba de pasar. Pegándose en el pecho con los ojos llenos de lágrimas y colorada cual moco de ladrillero hacía señas para que le pasáramos un mate.

La reacción rápida de mi prima Carmen puso fin a tan deplorable escena y un mate amargo trajo la calma. Quizá organizarle el velatorio hubiese sido más conveniente que el casamiento.

La tía Bety irrumpió con un “¡Vivaaa los Novioo!” para celebrar la no muerte de la novia mientras hacía fondo blanco a la octava copita de anis 8 Hermanos.

Tía Chichita había conseguido por quinta vez una víctima desprevenida y nos había convocado para que le ayudemos a organizar el nuevo papelón, puesto que era un don familiar que nos enorgullecía.

Mi prima Angélica había reprobado tres veces el curso de pastelería que dictaba el gremio de los Patovicas, pero jamás nos atrevimos a decirle nada, creo que condicionadas por su cinturón negro de karate, por el contrario, la felicitamos cada vez sin pensar que esto algún día se nos volvería en contra.

Ese día había llegado.

La prima Carmen, de obsecuente nomás, sugirió que también se encargue de la mesa dulce. Al unísono, el resto avaló con la esperanza de que por alguna extraña circunstancia, esta desquiciada idea no se concretara.

De fondo, el ruido de la Singer de mi abuela cosiendo una tela mosquitera que haría las veces de vestido de novia, nos recordaba que esto estaba sucediendo.

Una batidora en manos de la tía Angélica era más peligroso que dos caníbales haciendo el 69 y todas lo sabíamos pero no había lugar a objeciones. Ultimar detalles sobre la cena, el cotillón y la música pasaron a segundo plano para mí, ya que la imagen de la Angélica intentando separar la clara de la yema me perturbaba.

Llegó el día de la boda y el Centro Vecinal, epicentro del festejo, estaba ambientado con globos amarillos y azules del tío bostero que nunca falta y unas guirnaldas de papel crepé que había aportado mi prima tilinga, la maestra jardinera.

Los centros de mesa de autor desconocido y de dudoso macramé se llevaban la atención. La falta de buen gusto y las dificultades psicomotrices de la familia se veían reflejadas a cada paso. La coherencia en su máxima expresión.

Al fondo, la mesa dulce llena de objetos fusiformes, evidenciando daños neuronales por parte de la autora y de colores estridentes a lo Andy Warhol. En el medio, la torta ladeada emulando la torre de Pisa completaba la escena.

¿¡Quién hizo esta cagada!? Hubiésemos comprado unas cajas de Tatín y quedábamos mejor, gritó el tío Roberto que estaba en desacuerdo con el casamiento de la Chichita y que era adicto a esos alfajores. Varios asentimos en complicidad pero sin darnos cuenta que el marido de la Angélica lo había escuchado.

A partir de allí todo fue confusión. Como delegado del gremio de Patovicas, su figura de metro noventa y musculatura obscena, comenzó una danza alrededor del tío Roberto y no de apareamiento precisamente, hasta que lo agarró del “esmoquin” con ambas manos mientras lo elevaba del suelo.

La prima Carmen gritaba desaforada “¡Soltalo hijo de puta no ves que el “esmoquin” es alquilado!”. Lejos de amedrentarlo le propinó terrible golpiza y al cabo de diez minutos el tío Roberto era un espantapájaros. ¡Pobrecito! ¡Encima por un Tatín, convicciones de pobres si las hay!

Los primos también se sumaron a la pelea y algunas mujeres optamos por escondernos debajo de los tablones, otras participaron de la gresca. El espacio aéreo se vio ocupado por la vajilla que habíamos alquilado, platos, cubiertos y copas volaban por el salón.

Tía Chichita desconsolada intentaba calmar los ánimos y salvar algo al grito de “¡Las copas nooo!”, pero obtuvo un “¡cagate por alquilar de vidrio!” de la prima Carmen.

Los que podían abandonaban el lugar reptando no sin antes llevarse algún centro de mesa.

La noche terminó en la comisaría, sin noche de bodas, declarando en calidad de testigos, otros demorados, con algunas bandejas que salvaron de la horrenda mesa dulce y unas cajas de vino, los cigarrillos fueron escasos.

Ya de madrugada llegamos a la conclusión de que para el próximo evento sería más conveniente la vajilla descartable. En eso coincidimos todos.