
CUERPO A TIERRA
Por Gabriel Steinberg
Soy de la época en la que hacíamos el Servicio Militar Obligatorio. ¡Bravo!, diría algún veterano reaccionario ¡qué tiempo aquellos!. Ahí sí andaba todo derechito. Nosotros le decíamos COLIMBA (COrre LIMpia y BArre), aunque a veces te hacían hacer más cosas.
Ya era demasiada desgracia que te tocara hacerla, y para completarla me mandaron a Colonia Sarmiento, Chubut, ciudad en la que llegó a hacer veintiocho grados bajo cero.
Llamativamente coincide con la época en la que tuve que aprender a afanar. Me afanaban un pantalón, afanaba un pantalón, me afanaban un guante, afanaba un guante. Claro que por mi físico un tanto regordete tenía que elegir bien a quién le robaba, y encima que no se diera cuenta que fui yo. Es el momento en donde tenía que aflorar el ingenio y le hacía un tajo o le inventaba un parche nuevo para que se diferencie del que le robaron al otro. Tal vez era otra virtud aprender costura.
Feo la pasó el tipo que descubrí me robaba. Trompearnos hubiera sido un problema para los dos, así que solamente esperé a que se durmiera y le vacié un dentífrico entero dentro del borceguí. Cuando todos lo vieron a la mañana siguiente quedó en ridículo, sobre todo cuando el milico le hizo lavar los dientes con pomada para zapatos. Miren los que son las casualidades: nunca le dije que fui yo, pero no me robaron nunca más.
Podría escribir una enciclopedia con historias de esos meses, pero me voy a remitir a las más jugosas.
Como no podía ser de otra manera, mi destino fue la cocina, la de la tropa, lo que significaba llenarles las panza cuatro veces al día a doscientos veinte pibes. En estas situaciones el morfi vale más que el oro, así fue que una vez que sufrí una quemadura en la mano, realmente muy pequeña, le cambié al soldado enfermero tres milanesas y doble puré a cambio de un vendaje que me llegara al codo y acompañara una indicación de diez días de reposo en mi lugar de trabajo. Menos mal que el tipo no era vegano, sino me mandaba a limpiar el horno, pero prendido.
Claro que no sería justo contar sólo las buenas, alguna vez nos tocó a los cocineros batir el récord mundial de salto-rana por achicar las porciones de dulce de batata y mandar en los platos algunos quesitos huérfanos. Difícil el tema de los saltos después de liquidar cinco kilos de dulce entre los seis soldados de la cocina.
Pero siempre se puede ser un poco más bruto. Dada la lejanía con cualquier centro urbano, teníamos una buena reserva de comidas, en cámaras frigoríficas. Ese frío día tocaba arroz con pollo. La cuenta fue fácil. Cincuenta y cinco pollos cortados en cuartos, daban exactamente las doscientas veinte porciones que necesitábamos. Por suerte teníamos también una sierra eléctrica de carnicero, esas que dan miedo de ver cada vez que alguien le pide al hombre que por favor le corte bifes angostos.
Esos pollos congelados para nosotros eran como pelotas de hielo, así que los cortamos en cuatro con la máquina y directo a las asaderas gigantes que entraban a los hornos, se cocinaban en menos de una hora y a los platos, un cucharón de arroz encima, y a las mesas.
Pero a los pocos minutos entraron a la cocina dos sargentos, enfurecidos.
De a uno ya eran jodidos, imaginen dos. Calculo que ahí mismo, alrededor de los cuatro hornos prendidos, hicimos por lo menos una hora y media de “gimnasia”, así como estábamos, de botas de goma y mameluco. Salto-rana, lagartijas, abdominales. Los dolores ya no identificábamos de qué parte del cuerpo eran, ni les cuento los olores y los charcos de transpiración que ya hubieran alcanzado como para hervir un poco más de arroz.
Por fin, terminó el calvario. ¿Terminó?
El Sargento con más de cara de choto me mandó a buscar exactamente cincuenta porotos blancos. Se los di pensando que eran para algo particular. En fila nos hizo salir de la cocina y ponernos en cuatro patas sobre la nieve, cada uno a diez metros del otro. Como quien lanza una jabalina en los Juegos Olímpicos, el malparido lanzó los cincuenta porotos cuánto más lejos pudo.
La cuenta de su hijaputez era fácil. Nieve blanca, porotos blancos y sin pararse, como para no ver un poco más lejos. Sí señor, sí señora, teníamos que encontrar entre los seis soldados los cincuenta porotos.
Cuentan los testigos que estaban en el comedor, que poco a poco los colimbas que estaban comiendo empezaron a sacar algo raro de sus bocas, algunos escupían, algunos vomitaban y otros trataban de disfrutar la sorpresa. ¿Quién iba a imaginar que dentro de esas bolas congeladas que eran los pollos iban a estar escondidas las bolsas con menudos? ¿Quién?
Después de unas horas llegamos a cuarenta y dos porotos. El tipo se apiadó de nosotros y nos hizo abandonar la búsqueda. Ocho pallares nos faltaron, ocho fueron los días de franco que nos sacaban.
A partir de ahí cada vez que en una película de guerra veo a todo un batallón arrastrándose cuerpo a tierra, no puedo dejar de pensar en cuántos kilos de porotos les faltará encontrar para que firmen la paz.
