ESTÁ RARO EL BARRIO
Por Claudia Baier

Está raro el barrio, en particular mi cuadra. Justo en frente de mi ventana, un despechado o despechada deja carteles artesanales a puro fibrón negro, destinados a un tal Pipi.

En el primer mensaje (ya vamos por el segundo), se podía leer: “Urgente una colecta para un trasplante de las bolas para el Pipi que no tiene (acá venía el dibujo de los huevitos), Pipi cagón, cucaracha, escoria total”. Fuerte.

No le saqué fotos, porque tenía miedo que el Pipi me viera. Ya tiene suficiente escarnio como para agregar a todo el vecindario registrando el momento que incluía un croquis de sus bolas.

Bloquear es saludable, pero corremos este riesgo, que se comuniquen con nosotros de manera artesanal y pública.

Empaticé en un primer momento con el autor o autora, porque parece el mensaje de un corazón roto. Y le reconozco un montón de virtudes. Su contenido es menos agresivo que cualquier aparición pública del innombrable. Recicló una caja de cartón como soporte. No tenía ni una falta de ortografía. No usó clavos o chinches agrediendo al árbol, usó cinta de embalar para fijarlo. Hay esperanza.

Debo reconocer también que esta guerra pública de carteles, me inquietó un poco, y sospecho que Pipi vive en mi edificio. Pero esto último puede ser producto de mi paranoia. No creo que haya un Pablo Escobar detrás del mensaje, pero… el despecho siguió escalando, literalmente.

El primer cartel a una altura razonable y rozando el piso duró bastante, nadie lo quitó. O Pipi no lo vio, o lo vio y se regodeó en su inquietante fama.

El despecho de la despechada escaló, y la despechada escaló el árbol para materializar su segundo mensaje. Aprovechando la copa desnuda, ha tenido que utilizar una importante escalera de tramos para izar el cartel a una altura sólo accesible al hombre araña. También se perfeccionó usando un cacho de aglomerado como soporte y eligió un horario inusual para no ser descubierta. Demasiada logística para mi gusto. Lo vas a ver o no lo vas a ver hijo de puta, parece declamar el anuncio, trabajosamente enarbolado.

Además del corazón roto, Despechada debe tener el bolsillo flaco, porque esta guerra ameritaba tercerizar en un pasacalle y de paso correr menos riesgos. Admiro su cruzada de bajo presupuesto.

Pero esta vez me defraudó mucho: usó unos clavos gigantes para fijarlo al pobre árbol. Estimo que habrá sentido el perverso placer de estar crucificando al mismísimo Pipi a martillazo limpio.

El contenido esta vez incluía, además de los clásicos, “cagón” y “escoria”, la mención de las fans y los gatos del Pipi. La ortografía continuó impecable, pero ya  no puedo solidarizarme con esta rota de amor. Lo suyo es saña. El remache insidioso de esos clavos enormes dolió, y su tozudez incomoda e inquieta. A esta altura ya pude imaginarme a un germen de Tony Soprano, pero sin terapia, tanto en el autor, como en el destinatario. Aunque el nombre de “Pipi” remite más a la vecindad del Chavo.

Espero que pronto se calmen, por el bien de la vereda, de mis nervios y en especial del pobre árbol al que ya no le entra un julepe más. Y que empiecen a usar medios más convencionales y prácticos para comunicarse sus asuntos. No quiero levantarme un día con el cuerpo de Despechada estrolado en la vereda por pretender izar a la estratósfera sus insultos. No da hermana.